La casa del lago


Hace un año y medio, durante el último viaje de regreso de Argentina, vi en el avión en pésimas condiciones una película que me gustó mucho; y en mi primer fin de semana de soltería circunstancial, la única vez que encendí la tele para ver qué daban, enganché la misma película y la volví a ver, otra vez de a cachos trastocados pero entera.

La película se llama The Lake House y es yanqui pero el director es argentino, Alejandro Agresti, un director de quien siempre quise ver sus películas pero nunca vi ninguna salvo ésta. Me atrae Agresti porque tiene una película que se llama El amor es una mujer gorda y siempre pensé que con un título así la película tenía que ser interesante (ya confesé mi debilidad por los títulos...). Ahora descubrí que La casa del lago es la remake de una película coreana y es muy posible que la original sea mejor, pero no la vi.



La casa del lago tiene un lago y sobre él está construida la casa, que es un palafito moderno, todo de vidrio. La protagonista es "la casa", no "el lago", y como dice el protagonista es una casa que mira pero no se conecta con lo que la rodea, tal como era su padre, el arquitecto que la construyó como regalo para su madre ("su" del protagonista, no del arquitecto). Aunque el lago participe poco en la película, el agua está ahí, bajo la casa, y la imagen es subyugante: una casa aérea, que flota sobre el aire y sobre el agua. La primera vez que la vi me pregunté dónde habrían encontrado una casa así, y ahora también descubrí que la construyeron especialmente para la película y después del rodaje la desarmaron.


Es una historia de amor, así que hay un hombre y una mujer que se conocen, se enamoran a la distancia, se desencuentran, hasta que en los minutos finales consiguen el encuentro triunfal que ya no los separará más. Una de las tramas más viejas del mundo, pero la distancia que los separa no es espacial sino temporal: los dos están exactamente en el mismo espacio pero con exactamente dos años de diferencia.

Es una historia de "bucle temporal" de esas que me gustaba tanto leer en mi adolescencia, cuando leía todo el tiempo ciencia-ficción y necesitaba imaginar mundos muy distintos al real porque el que me rodeaba me asfixiaba. Pero en este caso el "pasado" y el "futuro" están separados tan sólo por ¡dos años! Y no hay ningún viaje temporal, salvo el único que existe: ya no recuerdo quién lo dijo, pero una vez leí a alguien que decía que todos viajamos en el tiempo, pero siempre a la misma velocidad y en la misma dirección (y no podemos detenernos). Los protagonistas de La casa del lago sólo viajan en el tiempo de esta manera, y la forma de encontrarse es que él "espere" dos años hasta llegar al presente de ella.

Me gustan estas historias que plantean ucronías* y me paso un rato agradable repensando la historia, intercalando los episodios según un tiempo u otro. En este caso volví a pensar todo el argumento de la película y me parece que cierra bien. No se muestra cómo él encuentra la última nota salvadora de ella, pero bien podría haber mirado por última vez el buzón (la nota no puede estar en la caja en el desván, si entendí bien) y que no muestren esto me parece una licencia literaria semejante a la omisión que hace el narrador de "El hombre de la esquina rosada", de Borges, o sea que está perdonado. Y el final sólo funciona si lo que él cambia en el pasado de ella no altera la memoria que ella tiene en su presente, cosa que en la película ya se ve antes cuando aparece un árbol de la nada al lado de ella. Esto no es lo habitual en las historias de bucles temporales, la tesis más extendida diría que si él alteró el pasado de ella, ella en su presente tiene que recordar (y no recordar) otras cosas. Por lo que leí, el original coreano sí recoge esta idea, y dados los antecedentes que todos conocemos no me extraña que los yanquis hayan cambiado el final para que sea un happy end como Dios Hollywood manda. Me queda pensar bien en la perra Jack, da la impresión de que puede pasar de un tiempo al otro como si nada, pero tendría que ver de nuevo la película y fijarme bien en esto porque no me acuerdo del todo.


Los protagonistas se escriben cartas: cartas de papel y tinta, ¡no electrónicas! Aunque en la película hay móviles, y transcurre entre 2004-2006-2008, los protagonistas no se escriben correos electrónicos, ni se envían SMS, ni se buscan en el feisbuc, ¡qué genial! Será que la única forma de escapar al dilema Casciari** es con una buena ucronía en nuestras vidas.

Los protagonistas se escriben cartas y el objeto mágico que sirve de conexión entre los dos tiempos es el buzón de la casa del lago. Pueden dejarse objetos como bufandas, cartas y libros, y cada uno abre el buzón en su presente y encuentra lo que el otro dejó en el otro presente. Me gusta esto porque me gustan mucho las cartas. No voy a hablar mal de la comunicación electrónica porque es super útil y práctica y también tiene su encanto. Con el e-mail o el chat es posible dialogar a la distancia, y eso es grandioso. Tiene la frescura de la inmediatez, es más ligero y espontáneo, y puede ser bárbaro. Pero lamento mucho que por su culpa se hayan perdido las cartas tradicionales. Hasta una hiperamante de las cartas en papel como yo me pasé al bando electronico y ya casi nunca escribo cartas en papel y tinta.


Tuve épocas en mi vida de escribir muchas cartas a muchos lugares distintos del mundo, y me gustaba mucho escribir y también recibir cartas: mirar el sobre, la estampilla, la letra de mis amigos con mi nombre y mi dirección y con sus direcciones estrambóticas en idiomas desconocidos; abrir el sobre y encontrarme con lo que me hubieran enviado. Tuvimos épocas de gran creatividad epistolar, fuimos explorando las posibilidades de los sobres y el correo aéreo para enviar distintas cosas: dibujos, aritos, hojas secas, fotos, papelitos de colores, entradas de cine, etc. En promedio, por cada 5 cartas de más o menos 4 carillas cada una que yo escribía, recibía aproximadamente una carta de carilla y media, pero no me importaba: las cartas venían de lugares lejanos y por entonces inaccesibles, me traían otros mundos a través de los ojos de mis amigos, y me traían a mis amigos. Por eso me gusta que en la película se escriban cartas y se enamoren a través de sus cartas, algo que entiendo totalmente y me parece absolutamente posible. Escribir este blog es como escribir cartas a nadie en particular, con el íntimo deseo de que quien me lea se enamore de mí: hombres o mujeres, me da igual (por supuesto que quiero que se enamoren de mí, ¿qué duda cabe?)

Y algo que pensé esta última vez que la vi: en la película ella logra evitarle la muerte a él. ¿Qué mayor sortilegio se puede pedir? Aliviar o evitar el daño de quienes amamos. Es muy poderoso. Y como es tan mágica, cuando termina no me planteo las mismas cosas que me plantée con Before Sunset, que es tan realista. Los protagonistas se encuentran en los minutos finales, y después de una ucronía así, hasta el amor puede perdurar.




* Ucronía: el término no es mío, sino de la ciencia-ficción. Una utopía tal como la planteó Tomás Moro, el creador de la palabra, es un lugar que no existe, una ucronía es un tiempo que no existe.
** Hernán Casciari: El móvil de Hansel y Gretel.

¡Por fin les vi la cara!

Tanto hablar de ellas... y tanto pensar si las de quienes me rodean se piantan o no, y hoy, gracias a un mail que envió Haydée con microfotos del interior del cuerpo humano, les vi la cara!!!

¡Aquí están...

las neuronas!!

¡Pensar que con su baile alocado nos hacen ir para un lado o para el otro!

Con su recaptar o no recaptar la serotonina, por ejemplo, pueden hundir o elevar a una persona... se conectan, se desconectan, y así vamos.... y no sé si se parecen a los remolinos de mi cada vez más ralo cuero cabelludo, pero sí que se parecen a mis pelos enredados.

El placer de titular

Creo que nunca lo hice público: me encantan los títulos. Un buen título me parece una obra literaria de tanto valor como el texto que señala, y a veces una obra se eleva gracias al título que la precede; y hasta diría que hay obras de las cuales me gustan más sus títulos que la obra en sí.

Tengo archivado varios títulos que se me ocurrieron alguna vez, y como vi que nunca lograría escribir las obras que pudieran acompañarlos, quedaron sólo en títulos. Para darles un lugar en el mundo, hice con cada uno un librobjeto, que juntos conforman lo que llamo la "Serie de los Títulos" y en cuanto tenga un momento los escaneo para que los vean.

Esto va para comentar que algo que me gusta mucho de escribir el blog es poner títulos a las entradas. Es parte del placer del blog: por un lado poder escribir fragmentariamente y que eso tenga un sentido en sí mismo, sin pretender unir los fragmentos ni crear una obra mayor, y para más placer ¡que cada fragmento tenga un título! Confieso que algunas entradas me parecen flojas, pero si logro ponerles un título que me gusta, quedan más que justificadas.

La múltiple fragmentariedad del hielo

La entrada anterior la logré redactar hoy, pero la idea inicial la tuve hace 15 días. Y anoche volví a citar a Walser cuando le escribía a mi amigo y cuando chateaba con mi hermana, porque dentro de pocos días me voy de viaje por dos semanas, pero ahora más que pensar en las dos semanas después del regreso que tardaré en aterrizar (tal vez más, intuyo, en esta ocasión), siento que mi cabeza ya empezó a viajar dos semanas antes de despegar.

Como Rubén y Manuel se fueron de viaje exactamente dos semanas antes de la fecha en que me iré yo, mi rutina diaria está totalmente alterada (lo único que sigue igual es mi trabajo, salvo eso todo lo demás es distinto), y todos los días me conecto con "allá" para tratar de hablar con ellos, pendiente de cómo están. Además hizo mucho mucho frío y estuvo muy nublado y me encerré en casa después del trabajo, en un limbo mental poco acogedor, del cual recién anoche empecé a salir. Y me fui dando cuenta de que mi cabeza ya había empezado a viajar por su cuenta... primero sentí que la mitad de mi cabeza estaba "allá", después sentí que lo que estaba "allá" eran ya tres cuartas partes... mientras mi cuerpo sigue acá. Algo un poco incómodo, pero tengo la esperanza de que el 24 cuerpo y mente vuelvan a juntarse, y espero que cuando mi cabeza termine de llegar sea más o menos en el mismo momento en que mi cuerpo esté aterrizando, y que no nos desencontremos en Ezeiza, si no estaré lobotómica vaya a saber por cuánto tiempo. Un caso curioso para el problema mente-cuerpo, pero Diana me demostró anoche que ser cartesiano es una cuestión de edad, así que me quedo tranquila.

Después de esta semana de muchísimo frío y nubladez total, hoy sábado amaneció soleado, aunque todavía helado (el termómetro que tenemos en el jardín, que está en una pared donde no suele dar el sol, a las 10 de la mañana marcaba 2 grados bajo cero). Me encasqueté gorro, guantes, bufanda y anteojos de sol (con lo cual pocos centímetros de mi cara quedaban a la vista) y me fui a pasear por el pueblo como despedida, y para atrapar el sol que pudiera. En el centro había un espectáculo infantil prenavideño, como de costumbre a un volumen desorbitado, así que para huir del bullicio me fui para el río, y luego por el camino que pasa entre el río y los huertos. Atraída por el sonido del agua me adentré por un sendero que iba del camino hasta la orilla, más largo de lo que pensaba, que había quedado fuera de la luz del sol, porque sendero y plantas y rocas y todo lo que estaba por ahí estaba cubierto de escarcha: miles de pequeños puntos de luz, minúsculas gotas de hielo que reflejaban el sol y hacían brillar el camino.

Finales III

Muchos años atrás, probablemente en 1991 que es cuando salió publicado, leí un artículo de Martin Walser que empieza así:

Todavía no se ha regresado del todo de un viaje cuando se está de nuevo en el hogar. Ni se está a solas por el mero hecho de haber cerrado tras de sí la puerta de la casa. Hay que pasar en la propia habitación tantos días como los que se anduvo de viaje hasta que se pueda estar de nuevo a solas e intentar hacer algo sensato consigo mismo.

Esta idea me quedó grabada y, no sé por qué, siempre me pregunté si era aplicable a las relaciones amorosas. Aunque me atrae mucho la idea, debo reconocer que en mi caso, que es de lo único que puedo hablar con un poquito de conocimiento, no se dio así: después de nueve años de relación, no necesité otros nueve para sentirme del todo separada, si recuerdo bien lo duro fue un año o como mucho dos; e incluso si contamos el tiempo como realmente lo siento, es decir que durante los dos últimos años de convivencia la relación estaba terminada pero hicimos el duelo en compañía, tampoco da el mismo tiempo juntos que separados, serían 7 de relación contra 3 o 4 de duelo. Por otro lado, la primera relación que tuve recién separada, que era totalmente light, duró sólo 5 semanas y en cambio yo me quedé enganchada durante 6 meses, hasta que me obligué a dejar de pensar en él. O sea que...

Volví a pensar en esto porque le comenté la idea de Walser a un amigo que se fue de viaje un mes en el verano, no era un viaje de turismo sino un viaje de estudio en el que durante un mes vivió una vida totalmente diferente a la habitual, pero en sí misma rutinaria, una rutina nueva que duró sólo un mes; cuando volvió a su casa al comienzo del otoño le pregunté si ya había llegado del todo, y comentando a Walser me salió decirle: "Alguna vez me pregunté si [esta idea] era trasladable a las relaciones amorosas (que suelen empezar y terminar, como un viaje, mientras las amistades no terminan nunca)"; me salió escribir esto, y después de escribirlo me empecé a indagar:

¿Por qué siento que las relaciones amorosas son como un viaje, que empiezan y terminan, si dije (en septiembre de este año) que el único final real es la muerte, que mientras estemos vivos ninguna relación se termina, aunque ya no veamos más a la persona? Tengo la prueba de esto último gracias al feisbuc (no le tengo simpatía, pero le reconozco este servicio en mi vida): como varios millones de internautas, gracias al fesibuc me reencontré con viejas amistades del pasado desperdigadas por el planeta, y descubrí que aunque no nos hubiéramos visto en 20 años, podemos retomar alguna clase de relación y sentirnos bien el uno con el otro, cada uno en el rincón del mundo donde esté ahora. Sería una muestra de lo que dije antes, que las relaciones no terminan nunca aunque ya no nos veamos. Y sin embargo también reconozco que hay casos en que sí sentimos que algo terminó, e incluso aunque veamos a la persona ya es imposible volver a ese contacto anterior (pero habitualmente cuando sentimos esto preferimos ya no volver a ver a la persona). No pasa únicamente con las relaciones de pareja, hay amistades que también se acaban así. Me dirán que eran amistades demasiado pasionales... puede ser. El caso es que a veces sentimos que algo se rompió, y que la relación ya no se puede recomponer. Y generalmente lo que se rompió es tan fuerte, que ni siquiera nos queda la posibilidad de establecer una relación nueva y totalmente diferente con la persona, simplemente ya no podemos nada con ella.

Todo esto es super obvio, ya lo sé. Estoy intentando desentrañar por qué a veces puedo sentir que nada se pierde y a veces siento que algo es irremediable. ¿Qué es lo que se rompe? ¿Qué es eso tan fuerte? No es sexo, estoy segura, por lo menos no en su sentido más llano.Tampoco es "amor", porque a veces el afecto sigue intacto pero no es posible seguir juntos. Alguna vez escribí:

Dios es el partero de Eva, y Adán, tierra roja, su materia. En todo amor hay una cuota de imaginación. Modelamos nuestra materia íntima hasta crear con ella una figura de rostro humano. Lo que se quiebra cuando una pareja se separa no es el cariño, que puede permancer eterno, sino esa inspiración divina.

Tal vez lo que desaparece es esa inspiración divina que nos hace ver al otro como necesitamos que sea. O tal vez, pensando en las amistades: confianza, confianza en el otro, en que pase lo que pase hay una base subterranea donde todo está bien. Sin esa base no podemos continuar. Que no haya base con un desconocido es lo de esperar, al menos en las grandes ciudades, pero que deje de haber base con alguien con quien sí la hubo, es desesperante. Como me dijo mi hermana citando a un amigo común que citaba a Wittgenstein, la pareja es "el lecho marino", aquello que está en el fondo y ya ni se cuestiona su existencia o no, se da por sentado que existe y sobre eso se contruye lo demás. Una relación que era un "lecho marino" para los integrantes, cuando deja de serlo es muy difícil que se transforme en otra cosa. Si nos separamos de alguien simplemente porque nuestras vidas dejaron de coincidir, porque dejamos de circular por los mismos espacios en los mismos momentos, porque ya no estudiamos juntos ni trabajamos juntos ni vamos a las mismas fiestas ni paseamos por los mismos paisajes, pero la base no se quebró, podemos retomar el contacto donde sea y cuando sea. Supongo que esta es la diferencia, ¿no?

La verdad... no sé si aporta algo todo esto, ni siquiera sé si avancé en algo al escribirlo, pero me hizo bien hacerlo.

Fotografías: rasbcn 2

Una conversación con Manuel

–Manuel, vi a tu tía y a tus primos en la compu, bue, a Ro no, a Cati y Pato; ¡no sabés qué grande que está Pato!
–Es un profesional de adolescente.

Otro neologismo de Manuel

Rómbico: que tiene forma de rombo.

El agua del tiempo

Otro tema acuático de Rubén, del disco de Clipdiclap. Al otro día descubrí que la tristeza de Manuel por su propia muerte es más bien conciencia del paso del tiempo, su primera crisis de crecimiento: lo que quiere es no perder sus 8 años, quedarse mágicamente siempre así, o bien poder volver a los 8 años cuando sea viejo. Va este tema de su padre como homenaje o cura de lo incurable, reflejo de lo inasible, misterio humano; y porque no podia faltar en mi blog.


Clipdiclap

Cuando Manuel estaba en mi panza y vivíamos en Córdoba (Argentina) Rubén hizo un disco de música para niños con dos amigas, Alejandra Carazo y Lucía Olazábal, por supuesto emocionado por la espera de Manuel, quien escuchó los ensayos y las grabaciones desde dentro y desde fuera de la panza (hay una foto de los tres ensayando con Manuel de muy pocos meses en las piernas de Lucía; yo era la que sacaba la foto; cuando la encuentre la voy a subir). Siempre me gustó mucho ese disco, algunos temas me emocionan mucho. Recuerdo haber escuchado a Clipdiclap en vivo, una de las pocas veces que actuaron en público, en una fiesta escolar (supongo que era en la escuela Waldorf de La Cumbre), es decir en un ámbito no profesional y con un público familiar, que no siempre es el mejor dispuesto para la escucha, y cuando cantaron "La cunita" se hizo un silencio profundo, subyugante, concentrado y envolvente, uno de esos silencios de mágica suspensión del tiempo.

Aquí les dejo "La cunita" (a Manuel se la canto alterando la primera estrofa, para él es así: "Este niño bonito ya tiene cuna / su papi y su mami le armaron una, oh ah", porque eso hicimos cuando lo esperábamos, armar entre los dos la cuna de los primos que vino desde Buenos Aires).



Otra que me estremece, "El burrito":

Manuel descubrió la muerte

Momento histórico. 8 años recién cumplidos. Hora de irse a dormir. Lo dejo en el baño lavándose los dientes y cuando vuelvo a buscarlo lo encuentro llorando desconsolado. Le pregunto qué le pasa y me dice que estaba pensando algo que lo puso muy triste, y cuando le pregunto qué, me dice que estaba pensando en cuando estuviera muerto.

Lo abracé, lo besé, le dije todo lo que se me ocurrió, llamé a Rubén e hicimos cuevita los tres, mimándolo y diciéndole todas las cosas que se nos podían ocurrir, pero nada lo consolaba. Finalmente lo dejamos un rato más después de hora, leyendo en el sillón al lado nuestro, mimándolo, con música, chocolate, y todos los gustos, para que se le pasara la angustia.

¿Qué otra cosa podíamos hacer? Si nadie tiene la respuesta, y a todos nos toca en algún momento preguntarnos y angustiarnos, ¿qué más podemos hacer, que acompañarlo con amor y dejar que él elabore sus propias respuestas? Si tuviéramos una fe o una tradición que nos sostiene, podríamos darle respuestas milenarias, pero no las tenemos.

Le dije que hay gente que piensa que el alma no muere, que hay gente que cree que el alma reencarna, que hay gente que cree que no existe el alma pero que de todas formas nos transformamos en tierra, gusanos, plantitas, etc.

Le dije que todos los seres vivos mueren y hay que aceptarlo, porque ningún cuerpo humano puede durar ni 500 años, como muchísimo 100, pero que somos jóvenes y tenemos muchísimos años por delante para hacer montones de cosas que nos gustan.

Le dijimos que así como sentimos que nuestros abuelos nos acompañan, aunque ya no estén con nosotros, así él seguirá presente siempre.

Le dije que nadie tiene la respuesta, que la muerte es un misterio, que todos en algún momento nos preguntamos por esto y que él encontrará sus propias respuestas, las que le vengan bien a él, que esto es crecer.

¿Pero esto que dijimos es un consuelo? ¿Lava la angustia, cuando nos llegó el momento de preguntarnos por nuestro fin?

Justamente hoy Manuel me demostró que tiene una higiene mental admirable, que su mente sigue su propio camino más allá del entorno. Lo vi por dos cosas: hace un mes que me vengo preguntando cómo serán estas Navidades, cuando por primera vez las pasaremos en Buenos Aires con familia grande, donde nadie tiene la costumbre de hablar de Papá Noel más que metafóricamente y los regalos se dan en mano, mientras que hasta ahora en casa los regalos aparecían mágicamente dejados por Papá Noel en algún momento en que nadie veía. Papá Noel y los Reyes también...

Y me dije que si a Manuel le llegó el momento de enterarse, ya se enterará, independientemente de lo que hagamos, porque con 8 años ya es hora de que se empiece a preguntar, o incluso que algún compañero de escuela lo avive.

Y si tiene ganas de seguir creyendo, como parece ser (porque si hasta ahora aceptó la magia es porque le gusta, tal como le gusta escuchar púlsares en vez de aviones, porque nunca fue muy complicado lo que hicimos), si tiene ganas de creer, seguirá creyendo.

Y hoy a la mañana cuando nos despertamos me dijo que tiene otro diente flojo, y nos pusimos a pensar que a ver si se cae en casa, o en Buenos Aires, o en Córdoba, y Manu me dijo que si se le caía en el avión, el Raton Perez construiría una avioneta silenciosa para ir a dejarle la moneda en el avión. Por lo tanto, pienso que ya se construirá alguna otra hipótesis sobre Papa Noel y los Reyes, de ser necesario.

La segunda prueba es que en estos días Manuel estuvo presente en dos ocasiones en que hablé de cosas que hubiera preferido que no escuchara, y hoy le pregunté, como hago siempre, si había escuchado, si había entendido, y si quería que yo le explicara algo de lo que había escuchado, y me dijo que no hacía falta, porque si eran cosas de grandes, mejor no saber. Me pareció una prodigiosa salud mental, decidir qué lo involucra y qué no.

Por lo tanto, si horas más tarde llora desconsolado por su propia muerte, es que le llegó el momento de pensar en eso, y ahí lo que podamos hacer es bien poco.

De todas formas, me siento muy extraña. Es extraño aceptar que su angustia tiene su propio cenit y nadir.

Fotografías: Chema Madoz

Mi segunda modesta contribución para la Paz Mundial

Gracias a Manuel reapareció en nuestras vidas un yo-yó, y tratando de enseñarle a él cómo se juega, nos vimos todos jugando al yo-yó. Manuel estaba muy interesado en el y-yó porque en una de las cuatro Mafaldas que tenía hasta el momento están las tiras en donde Mafalda y sus amigos juegan al yo-yó, y le parecían muy divertidas (ahora, gracias a sus abuelos que eligieron el regalo y a su tía que lo transportó allende los mares, Manu tiene en casa el Toda Mafalda, libraco maravilloso). Por mostrarle a Manuel cómo se juega, empecé a entretenerme de lo lindo. Descubrí que me causaba mucho placer todo el asunto: enrollarlo, acunar el yo-yó en mis manos, con un simple ademán verlo partir, bajar, pender, y al llegar a la altura que me parecía adecuada (decidir en precisión de segundos qué altura me parece la adecuada) dar el pequeño tirón que lo hace subir, hasta recibirlo de nuevo en mi mano; y así siguiendo, sube y baja, baja y sube, mi mano apenas se mueve y nos acomodamos el uno al otro... muy relajante. (Eso sí: los ciclotímicos mejor que no nos dejemos llevar por su nombre y evitemos hacer analogías entre el yo-yó y nuestro estado de ánimo).

Bueno, mi modesta contribución: que en cada sitio donde puede darse que se junte mucha gente a esperar lo mismo, como la cola de un banco o de un supermercado, la sala de espera del hospital o consultorio, las oficinas de todo tipo donde se hacen trámites, etc, que en todos esos sitios haya bandejas llenas de yo-yós para que cualquier esperante pueda agarrar uno y ponerse a jugar. No es una solución individual lo que propongo, sino global: no es sólo cuestión de que "mi" espera o "tu" espera se hace más corta si esperamos entretenidos, lo bueno de mi propuesta es que mejoraría notoriamente el ambiente, reduciría la frustración, el estrés, la violencia contenida, mejoraría la predisposición hacia los que nos rodean y la comunicación interpersonal, fomentaría un estado casi alfa de meditación en la población en general, y una larga serie de benevolentes etcéteras.

Como no creo que ningún gobierno, ni local ni nacional, se haga eco de mi propuesta, empezando porque la vagancia me mata y no me voy a ocupar de lanzar mi propuesta más que a través de cuentogotas, entonces apelo a las conciencias individuales: puesto que todavía no está a la vista el día en que los yo-yós sean de dominio público, como las bicicletas en ciertas ciudades europeas, entonces que cada uno de nosotros se arme de un yo-yó en el bolsillo antes de salir a la calle, como quien se ocupa de salir con la billetera y las llaves de casa, y que lo tenga a tiro para, a la menor oportunidad, lanzarlo al aire en vaivén de alegría y devoción.

Fotografías: Vaistij-Jones

Manuel y la modernidad tuneada

Con los años fui incorporando a mi lenguaje habitual frases más bien absurdas fuera de su contexto, que nacieron en un momento concreto (pronunciadas por algún amigo, o dichas por un desconocido pero que llegaron como anécdotas a nuestra vida, etc), provocaron risas cuando fueron escuchadas por primera vez y quedaron luego cristalizadas. A esta altura del partido en casi todos los casos dejé de ver a la persona que originó la frase o a quienes compartieron el chiste conmigo, y si la pronuncio en mi contexto actual ya nadie sabe de qué hablo y sólo yo le encuentro la gracia.

Últimamente dije algunas de estas frases y Manuel me escuchó. Para describir un aparato al que se le transformó su aspecto para que causara más impacto, digo que "está re-tuneado" (en recuerdo de un amigo que me contó una anécdota sobre un coche que pensó comprarse). Cuando un objeto tecnológico tiene un aspecto más vanguardista de lo común, digo "¡qué moderno!" (en recuerdo de Peluca Telefónica, la canción de Charly García y Luis Alberto Spinetta).

Manuel incorporó las frases a su manera. Y así, hace pocos días, hablando de ya no me acuerdo qué objeto tecnológico, nos explicó que "le tunearon la modernidad".




Fotografia: Jorge

Manuel antes de irse a dormir

"Mamá, tengo un ojo dormido y el otro todavía despierto."

Finales II

Volvió a mi cabeza el Soneto de Separaçao de Vinicius de Moraes:

Soneto De Separação
Vinicius de Moraes
Composição: Vinicius de Moraes /
Antonio Carlos Jobim

De repente do riso fez-se o pranto
Silencioso e branco como a bruma
E das bocas unidas fez-se a espuma
E das mãos espalmadas fez-se o espanto

De repente da calma fez-se o vento
Que dos olhos desfez a última chama
E da paixão fez-se o pressentimento
E do momento imóvel fez-se o drama

De repente não mais que de repente
Fez-se de triste o que se fez amante
E de sozinho o que se fez contente

Fez-se do amigo próximo, distante
Fez-se da vida uma aventura errante
De repente, não mais que de repente


Soneto de la separación

De repente la risa se hizo llanto,
silencioso y blanco como la bruma;
de las bocas unidas se hizo espuma,
y de las manos dadas se hizo espanto.

De repente la calma se hizo viento
que de los ojos apagó la última llama,
y de la pasión se hizo el presentimiento
y del momento inmóvil se hizo el drama.

De repente, no más que de repente,
se volvió triste lo que fuera amante,
y solitario lo que fuera contento.

El amigo próximo se hizo distante,
la vida se volvió una aventura errante.
De repente, no más que de repente.

Versión de César Conto

que llegó a mi vida muchos años atrás en la versión musicalizada por Tom Jobim con Elis Regina (y por lo tanto es esta versión la que resuena siempre en mi cabeza):



pero buscando la versión de Tom & Elis encontré este archivo maravilloso en el que se escucha a Vinicius recitando el poema y luego a Tom Jobim musicalizándolo, en una versión muy semejante a la que hace con Elis pero sólo él con un piano:



Me quedé pensando en lo que describe, tal como lo entiendo: el momento en que de golpe se abre un abismo ante nuestros pies, que nos aleja de lo conocido, porque el amor ya no es amor, el amigo ya no es amigo, y nos exilia. Un momento de "muerte súbita" de la relación. Insperadamente lo que era ya no puede seguir siendo. Como un tajo en la carne. Un desgarro. Es tanto el dolor que perdemos conciencia del tiempo, y ese instante brutal nos parece eterno: nada puede venir después de él, nada importante hubo antes de él.

He visto momentos así. Y he visto también la "muerte súbita" de la relación recuperarse y transformarse en una lenta agonía que puede durar años. Pensando en esto me acordé de lo que dije hace poco sobre los finales de las narraciones que nos rodean, porque en este poema lo que está reflejado es un momento: el impacto de la conmoción, en toda su hondura y desesperación. Pero la vida continúa, y sobrevivimos a las conmociones (mejor o peor, pero sobrevivimos). Este poema me golpea porque es puro instante, el golpe mismo de la conmoción, descrito en extenso y en profundo: nos atrapa, no hay más que eso, no hay escapatoria, nos congela.

Afortunadamente el poema se termina, la canción se acaba y seguimos vivos.

Nocturno matinal

Sonó el despertador, tantée la mesa de luz en la oscuridad buscando el interruptor del velador, escuché el clic clic, y nada ocurrió. Probé otra lámpara a mano y lo mismo. Me vestí con una linterna y desayuné a la luz de las velas. Cuando salí a la calle para ir a trabajar vi que no sólo no había luz en las casas vecinas (cosa lógica por la hora) sino tampoco en los faroles de mi calle ni en las calles cercanas, nada. Extrañamente sí estaban iluminados por dentro, con una luz fantasmal de tan blanca, algunos edificios municipales como el pabellón deportivo y los ascensores nuevos de un grupo de pisos. Caminé en la oscuridad matinal con una sensación de extrañeza ante la falta de electricidad, pensando en qué distinto se veía todo sin luz, imaginando un pueblo abandonado, cuando al llegar a la esquina de la fábrica volvió de golpe, al mismo tiempo en todos lados: en la fábrica, en los faroles de la calle, en la concesionaria de coches, en la estación de servicio... todo lo que habitualmente está encendido a esa hora volvió a encenderse.

Un caso de peluquería interior

Cuenta la leyenda famliar que nací con la cabeza bien cubierta de pelo oscuro y revoltoso, razón por la cual mis padres me apodaron cariñosamente "Juan Cepillo". Las revoluciones de mi cuero cabelludo siempre fueron el comentario irrenunciable de los peluqueros/as que tuvieron la suerte de vérselas con mi cap(h)ilaridad. También fueron motivo de reflexión por mi parte, cada vez que intento que una mata de pelo vaya para un lado y resueltamente se vuelca hacia el contrario, con una firmeza que agradecería tener en otros aspectos de mi ser. Tanta convivencia con mis remolinos capilares me hizo preguntarme hoy: ¿no será que los remolinos de mi cabeza no están sólo del cuero cabelludo hacia afuera? ¿No será que sus raíces son más profundas que los bulbos pilosos y se prolongan hasta los axones de mis neuronas? ¿No tendré el mismo dibujo ensortijado decorando las circunvoluciones de mi cerebro?

Fotografía: Martin Waugh, Liquid Sculpture.

Barro tal vez - Luis Alberto Spinetta



Si no canto lo que siento
me voy a morir por dentro
he de gritarle a los vientos hasta reventar
aunque sólo quede tiempo en mi lugar
si quiero me toco el alma
pues mi carne ya no es nada
he de fusionar mi resto con el despertar
aunque se pudra mi boca por callar
ya lo estoy queriendo
ya me estoy volviendo canción
barro tal vez....

y es que esta es mi corteza
donde el hacha golpeará
donde el río secará para callar
ya me apuran los momentos
ya mi sien es un lamento
mi cerebro escupe ya el final del historial
del comienzo que tal vez reemprenderá
si quiero me toco el alma
pues mi carne ya no es nada
he de fusionar mi resto con el despertar
aunque se pudra mi boca por callar
ya lo estoy queriendo
ya me estoy volviendo canción
barro tal vez...
y es que esta es mi corteza
donde el hacha golpeará
donde el río secará para callar

Del TDK al Spotify... y de la feria de Scarborough a la calle Bleecker

Cuando era chica había en casa un tocadiscos (objeto que con el paso del tiempo cambió de nombre y empezó a ser llamado "bandeja") donde escuchábamos los únicos discos disponibles por entonces: los grandes, finitos y negros (ahora hay que aclarar: discos de vinilo). El equipo de música (es decir: esta bandeja, su amplificador y sus parlantes) estaba ubicado en el living-comedor de nuestra casa, al alcance de todos, y desde que éramos chicos nosotros teníamos nuestros propios discos, por ejemplo los de María Elena Walsh, etc.


En algún momento de nuestra preadolescencia, y ya no recuerdo bien por qué porque fue hace mucho (yo tenía más o menos 11 años), mi hermana y yo sentimos la imperiosa necesidad de tener un grabador propio. Ya no me acuerdo si lo que nos impulsaba era tener nuestra propia música en nuestro propio cuarto (compartíamos habitación, y la individuación todavía era un camino compartido por entonces) o si lo que nos importaba era tener música en casets, o grabarnos a nosotras mismas... ya no me acuerdo.


Lo que más o menos me acuerdo es que juntamos algunos ahorros y ayuda parental y nos compramos el objeto deseado. Se parecía bastante a éste de la imagen, pero era más plateado que negro. Eso sí, teclas gigantes (en comparación con lo que vino después) y mecánicas, que hacían un clac! sonoro al apretar el play, el rewind (palabra misteriosa para mí entonces), etc.


Y lo que me acuerdo perfectamente es que nos compramos dos casets para estrenar el aparato, elegidos uno por cada una. Yo elegí la banda musical de Melody (y si, ya se van dando cuenta de cómo es la cosa, no ;-)? ) y Diana eligió un caset de color lila con la foto de un par de tipos que yo desconocía y que se llamaban Simon & Garfunkel (el segundo apellido me hacía pensar en televisores).


Dejemos a Melody de lado ahora: el caset de S & G se volvió parte fundamental de mi vida, y todas las canciones de esa selección son parte de las circunvoluciones de mi cerebro. Son maravillosas, y les dejo ahora una para que disfruten:





Scarborough Fair


Are you going to Scarborough Fair
Parsley, sage, rosemary and thyme
Remember me to one who lives there

She once was a true love of mine


Tell her to make me a cambric shirt

(On the side of a hill in the deep forest green)

Parsley, sage, rosemary and thyme

(Tracing of sparrow on snowcrested brown)

Without no seams nor needle work

(Blankets and bedclothes the child of the mountain)

Then she'll be a true love of mine

(Sleeps unaware of the clarion call)

Tell her to find me an acre of land

(On the side of a hill a sprinkling of leaves)
Parsley, sage, rosemary and thyme

(Washes the grave with silvery tears)

Between the salt water and the sea strands

(A soldier cleans and polishes a gun)

Then she'll be a true love of mine


Tell her to reap it with a sickle of leather

(War bellows blazing in scarlet battalions)

Parsley, sage, rosemary and thyme

(Generals order their soldiers to kill)

And gather it all in a bunch of heather
(And to fight for a cause they've long ago forgotten)

Then she'll be a true love of mine


Are you going to Scarborough Fair

Parsley, sage, rosemary and thyme

Remember me to one who lives there

She once was a true love of mine



Pasó el tiempo, conocí a Rubén y además de volver a escuchar al dueto conocí a su lado muchas más canciones de Paul Simon. Y gracias a él también llegó a mi computadora el Spotify, un programa que permite escuchar música en la computadora sin parar. Es como una radio, porque cada varios temas hay que bancarse uno o dos minutos de publicidad, pero salvo por eso es perfecto: se puede buscar al artista que uno quiera, a la canción, el album, la discográfica, etc, y escuchar horas y horas de música.


Con el Spotify me volví adicta a S & G, porque me vengo a la máquina a la noche, cansada, a hacer mis cosas (e-mail, blog, etc) y pongo la lista de reproducción de S & G en Spotify y me puedo quedar horas escuchándolos. Esté como esté al llegar a la máquina, después de escucharlos un rato estoy en otro estado: una mezcla de paz, bienestar, inspiración melancólica, desprendimiento del mundo... y entre todo lo que volví a escuchar de ellos, y lo nuevo que conocí ahora, hay una canción que me viene acompañando especialmente, y aquí se las dejo, me parece sumamente bella y es la que consigue mayor efecto en mí:




Bleecker Street

Fog's rollin' in off the East River bank
Like a shroud it covers Bleecker Street
Fills the alleys where men sleep
Hides the shepherd from the sheep

Voices leaking from a sad cafe
Smiling faces try to understand
I saw a shadow touch a shadow's hand
On Bleecker Street

A poet reads his crooked rhyme
Holy, holy is his sacrament
Thirty dollars pays your rent
On Bleecker Street

I heard a church bell softly chime
In a melody sustainin'
It's a long road to Canaan
On Bleecker Street
Bleecker Street

Un corto tanguero

Esto me lo envió Haydée, no sé nada de nada sobre esta gente, pero me gustó muchísimo. No sé cómo meterlo para que se vea directamente acá, por favor sigan la flecha:

http://www.entusbrazos.fr/

Puertas adentro

Un video de Euge que me gustó muchísimo. Me gusta su brevedad y su redondez, me gusta la interioridad expuesta y el abismo entre lo que imaginamos de los demás y la realidad. Y Euge, claro, ¡primera actriz argentina!

Manuel escucha a las púlsares a oído desnudo

El espacio aéreo de nuestro jardín está surcado por aves y naves de muy distinta especie. Entre las fabricadas por el hombre, podemos detallar: aviones, avionetas, helicópteros, ultralivianos o ultraligeros, parapentes, globos aerostáticos... Cada tipo de aeronave emite un sonido diferente, y Manuel reconoce cada uno sin equivocarse jamás. Pero cuando escucha el sonido que la mayoría identificaríamos como el sonido de un avión, él escucha a las púlsares.

Todo empezó gracias al libro Conoce la ciencia por dentro que le regalaron nuestros amigos argentino-aragoneses. En ese libro se lee lo siguiente:

"A veces una estrella puede pesar tanto que se convierte en una bola llamada supernova. Algunas, llamadas púlsares, envían impulsos radioeléctricos que pueden escucharse desde la Tierra."

A partir de entonces Manuel escucha a las púlsares a oído desnudo. En su libro no dice que para escuchar a las púlsares desde la Tierra se necesita un radiotelescopio gigantesco y complicadísimo.

Alguna vez le sugerimos que el sonido de las púlsares se parece al de los aviones, pero ahí quedamos. Al fin y al cabo si en nuestra casa los regalos del árbol de Navidad los deja Papá Noel, los del 6 de enero los dejan los Reyes Magos, y la moneda bajo la almohada cuando se cae un diente la deja el Ratón Pérez, y jamás les vimos la cara a ninguno de ellos, ¿por qué no podemos escuchar las púlsares?

En agosto estuvieron de visita los argentino-aragoneses y paseando juntos por un volcán escuchamos el sonido en cuestión; Manuel dijo que eran las púlsares, y Sandra dijo que era un avión, pero Manuel defendió su idea: no, son las púlsares (Sandra también defendió su idea, pero no lo convenció).

Días más tarde, ya solos, Manuel y yo estábamos en el jardín, y él sacó el tema. Recordó lo que había dicho Sandra, y me dijo "antes yo también creía que eran aviones, pero desde que leí el libro me di cuenta de que eran las púlsares".

Más claro echále agua.

Fotografía: Púlsar de la Nebulosa del Cangrejo. Esta imagen combina imágenes del telescopio HST (rojo), e imágenes en rayos X obtenidas por el telescopio Chandra (azul). NASA (Wikipedia)

La puntualidad de los árboles

El cerezo de nuestro jardín es un adelantado a su época: todavía en pleno bochorno estival ya había empezado a perder sus hojas y alfombrarnos la tierra con ruido a seco. Mis arbolitos amigos de la esquina de mi trabajo, en cambio, justo hoy, exactamente en el equinoccio, comenzaron a enrojecer.

Riego

Si no en mi infancia, yo creo que ya en mi adolescencia identifiqué mi baja autoestima como el mayor problema de mi personalidad, aquella dificultad que organiza y pervierte todo. Como no tengo una sólida autoestima construida desde dentro, las valoraciones que recibo de fuera adquieren grandes repercusiones.

Cada vez que recibo un comentario agradable sobre mí me hace muchísimo bien, más todavía si proviene de alguien a quien yo valoro, y ese bienestar dura un tiempo, que puede ser más largo o más corto, pero tarde o temprano desaparece. Pensando en esto empecé a verme como un terreno seco que chupa ávidamente el riego de los piropos y queda seco de nuevo. No siempre, alterno períodos de terreno seco con otros de humedad vivificante, pero cuando estoy en un período de terreno seco puede ser muy muy seco, y se vuelve desesperante. Me siento tan árida y desértica que hasta el aire me lastima, busco a mi alrededor un poco de agua y no la encuentro, y a veces la aridez me ofusca, empiezo a dar manotazos de asfixiado, hago o digo tonterías, y después me siento mal conmigo misma por eso.

Y no entiendo: ¿por qué me pongo en la situación de esperar que X o Z me digan que me aprecian o valoran –exponiéndome a que no me lo digan y sentirme mal por su silencio– cuando ya me lo han dicho meses atrás? ¿Por qué no puedo acordarme, tener presente los hermosos comentarios que tanto bien me han hecho? Mi viejo amigo pintor que se adensaba en la ginebra tenía otra frase recurrente además de la del dique, decía que todos tenemos dentro un agujero negro y que no podemos meternos dentro de él, sólo recorrer sus bordes. Será eso: tengo adentro un agujero negro como los del espacio exterior, un chupadero de energía que se come las buenas palabras y no las deja volver a salir.

Ese agujero negro es mi propia autovaloración, porque obviamente si yo no me valoro, ¿de qué me sirven que otros sí me valoren? No puedo recibir lo bueno si yo misma no soy terreno apto para el piropo. El libro de Clarissa dice algo sobre esto con lo que me sentí muy identificada al leerlo, justamente en el capítulo sobre "El Patito Feo" (digo "justamente" porque siempre me sentí identificada con este personaje):

Probablemente no hay ningún medio mejor ni más fidedigno de averiguar si una mujer ha pasado por la condición de patito feo en algún momento de su vida o a lo largo de toda su vida que su incapacidad de digerir un cumplido sincero. Aunque semejante comportamiento se podría atribuir a la modestia o a la timidez y a pesar de que demasiadas heridas graves se despachan a la ligera como "pura timidez" a menudo un cumplido se rechaza con torpes tartamudeos porque desencadena un automático y desagradable diálogo en la mente de la mujer.

Si alguien le dice que es encantadora o pondera la belleza de su arte o la felicita por algo que su alma inspiró o en lo que participó o intervino, algo en su mente le dice que no lo merece y tú, la persona que la felicita, eres una idiota por pensar tal cosa. En lugar de comprender que la belleza de su alma resplandece cuando ella es ella misma, la mujer cambia de tema y arrebata literalmente el alimento al yo espiritual que vive del reconocimiento y de la admiración.

Clarissa Pinkola Estés, Mujeres que corren con los lobos.


La imagen del riego es apropiada y ya otras veces había surgido en mí. Necesito atención, como una planta, si no me marchito. Si nadie atiende, necesito condiciones mínimamente aceptables para sobrevivir, como una planta silvestre. Pero si no encuentro riego en el exterior, tengo que poder dármelo yo misma. Si no llueve lo suficiente como para desarrollarme como una selva tropical, y ni siquiera lo bastante como para ser un campito verde, entonces tengo que adaptarme para ser cactus en el desierto, pero nunca secarme. Los cactus almacenan agua en sus cuerpos carnosos. Tengo que poder fabricarme mis reservas de riego para los períodos de sequía, y saber recurrir a ellos cuando tengo sed.

Clarissa propone que sintamos un ser interior que nos ama incondicionalmente. Este desdoblamiento del propio ser para poder sentir amor me llevó a pensar algo que titulé "el autoamor". Primero me surgió el nombre como una broma ante los libros de autoayuda, pero pensando en el concepto de autoestima, el autoamor podría pensarse como un paso más adelante en esa misma línea. El autoamor vendría a ser vivir enamorada de mí misma, vivir teniendo siempre presentes y sin perder nunca de vista las cosas buenas de mí que soy capaz de sentir cuando me siento bien conmigo misma, cuando me siento amada, respetada y valorada, vivir con todo ese bienestar en primer plano, incluso en los períodos de sequedad exterior, evitando así la sequedad interior.

El mes pasado Carmen propuso para Pan de humo este poema de Derek Walcott. Es muy posible que cuando el autor lo escribió estuviera pensando en algo totalmente diferente a lo que llamo autoamor, pero yo sí lo relacioné.


Love After Love

The time will come

when, with elation

you will greet yourself arriving

at your own door, in your own mirror

and each will smile at the other's welcome,


and say, sit here. Eat.

You will love again the stranger who was your self.

Give wine. Give bread. Give back your heart

to itself, to the stranger who has loved you

all your life, whom you ignored

for another, who knows you by heart.

Take down the love letters from the bookshelf,


the photographs, the desperate notes,

peel your own image from the mirror.
Sit. Feast on your life.



El amor depués del amor

El tiempo vendrá

cuando, con gran alegría,

te saludarás a ti mismo llegando
a tu propia puerta, en tu espejo,
y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro,


y dirá, siéntate aquí. Come.

Volverás a amar al extraño que tú mismo fuiste.

Ofrece vino. Ofrece pan. Devuelve tu amor

a sí mismo, al extraño que te ha amado

toda tu vida, a quien ignoraste

por otro, a quien te conoce de memoria.

Recoge las cartas de amor de la estantería,


las fotografías, las notas desesperadas,
despega tu imagen del espejo.
Siéntate. Celebra tu vida.

Derek Walcott

Carmen había incluido en su propuesta el link a una lectura teatral de este poema, y mirando por ahí encontré esta versión casera que me gustó mucho. Me encanta esta chica, me encanta el tono natural y desenfadado con que habla de sí misma, y esos segundos de transición antes de empezar a decir el poema, cómo se transforma, como si se dijera "esto es serio", y luego lee el poema con intensidad y gozo.




Fotografía: Chema Madoz

Otro neologismo manuelesco

"A ver, dejame oler... mmmh... qué rico olor a menta! Estás mentalizada! Quiero decir... sacaste olor a menta."

(Quiso oler mi aliento después de haberme lavado los dientes con dentífrico de mentol; él usa un dentífrico con gusto a frutilla).

Finales

Tantas historias de amor literarias o cinematográficas que han cocinado nuestro cerebro desde nuestra infancia narran más o menos esto: el encuentro de dos personas a partir del cual por lo menos una de ellas siente que la otra es algo especial en su vida, y las más o menos peripecias que viven hasta que esta intuición inicial se hace evidente para todos. Entonces, la obra termina. La continuación de la historia queda a cargo nuestro.

Una obra artística que dura en el tiempo necesariamente tiene que resolver de una u otra manera su final. No pasa con las obras "instantáneas", que se presentan a nuestros ojos en su totalidad en el mismo instante temporal, como por ejemplo un cuadro, una escultura, una instalación, etc. Pero sí pasa sobre todo con las obras literarias (incluyendo el teatro) y cinematográficas, y también con las obras de danza, etc. Cualquier cosa que dura en el tiempo tiene un inicio y un final. Incluso obras extremas como la película Sleep de Andy Warhol que dura seis horas en las cuales lo único que se ve es un hombre durmiendo, necesariamente en algún momento se acaba, y en algún sentido el final organiza la lectura de una obra (esto no es original mío, lamentablemente no tengo las otras 4/5 partes de mi biblioteca conmigo, porque tenía un libro muy bueno que se llama El sentido de un final, de Frank Kermode si recuerdo bien, que habla de esto en literatura).

Otro ejemplo extremo: una vez vi en el Centro Cultural Gral San Martín de Buenos Aires una obra de John Cage cuyo nombre no recuerdo, durante la cual se veían en el escenario distintos elementos (músicos con sus instrumentos, cantantes con sus partituras, creo que también alguien escribiendo a máquina, etc) y cada uno de estos "elementos" hacía un pequeño conjunto de movimientos y sonidos; según la explicación del programa, Cage no había escrito detalladamente una partitura, sino que había escrito una serie de indicaciones para que cada uno de los "elementos" improvisara su parte como le pareciera bien. El conjunto, para mi percepción desacostumbrada a Cage, era de un gran caos. Todo parecía desconectado entre sí, por lo tanto no había de qué agarrarse, no había nada que marcara la evolución de la obra, y me daba la sensación de que podía acabarse en cualquier momento o bien durar eternamente. Un poco asustada me pregunté "¿durará mucho esto?". Y en eso me di cuenta de que en el escenario había un reloj digital, bastante grande y visible, que iba contando los minutos; recordé que el título decía algo sobre o hacía pensar en 60 minutos, y me dije aliviada: "aah, dura una hora". Efectivamente, cuando el reloj marcó 60, la obra terminó, desde mi punto de vista igual a como había empezado 60 minutos antes. Bueno, incluso en este caso extremo, el final organiza la cuestión: el hecho de plantearse una cuestión formal y proponerse que dure 60 minutos da un sentido de lectura al todo.

La cuestión es que en nuestras vidas el único final real e ineludible es la muerte. Y sólo nuestra muerte personal, no la de las personas que nos rodean, porque incluso ante la situación extrema de que haya una catástrofe mundial y quede sola en el planeta, mientras yo siga viva mi historia no se acaba, en cambio si muero mañana mismo mi historia (la mía, no la de quienes me conocen y me añoren) habrá terminado. Por lo tanto las relaciones humanas no tienen un final mientras estemos vivos. Y las historias de amor, después del momento en que la situación inicial del enamoramiento es reconocida y aceptada por los implicados, continúan, y derivan en otra cosa.

Pero desde muy chicos nos rodean narraciones de amor que terminan cuando en la realidad todo empieza, y ese momento que en la realidad es mutante, en la ficción queda congelado y prolongado eternamente. Es como los cuentos de hadas: "se casaron y comieron perdices y vivieron felices". Y ya está, no hace falta contar más.

Me puse a pensar en esto después de ver Antes del atardecer (Before Sunset), la continuación de Antes del amancer (Before Sunrise), una película que vi hace muchos años en el cine y me gustó mucho. Si alguien no vio las películas y cree que alguna vez podrá verlas con placer, que no siga leyendo, porque necesariamente tengo que contar el final de las dos para hablar de lo que quiero.

Antes del amanecer
narra la historia de dos jóvenes de 23 años (un joven americano y una joven francesa) que se conocen en un tren y deciden pasar juntos 24 horas vagando por la ciudad de Viena, sin objeto alguno, sólo pasarlo bien, y después cada uno continuar su camino. Durante esas horas juntos por supuesto se enamoran y cuando llega el momento de despedirse se confiesan que quieren volver a verse, y se ponen de acuerdo en encontrarse en el mismo lugar seis meses más adelante. Aquí termina la película. Es hermosa, está muy bien actuada, los diálogos son maravillosos (recuerdo que cuando la vimos hace 15 años dijimos que cada uno de los personajes había dicho en algún momento de la película una frase igual a cosas dichas por amigos nuestros), y la ciudad de Viena tiene un homenaje plástico inolvidable. Queda en cada uno continuar la historia como quiere: ¿se vuelven a encontrar 6 meses más tarde o no?

La continuación nos da la respuesta: él sí volvió a la segunda cita, ella no por una razón de peso incuestionable, y como se habían separado sin darse ningun dato el uno del otro, ni nombre completo, ni dirección ni teléfono, no pudieron comunicarse. Cada uno siguió su vida sin el otro, y él escribió una novela donde cuenta su encuentro, se hace famoso, está de gira por Europa promocionándola, y en el último día la encuentra a ella, que leyó la novela y se acerca a saludarlo. Otra vez pasan unas horas juntos, esta vez paseando por Paris, otras vez los diálogos les permiten sincerarse y conectar, decirse lo que cada uno fue para el otro esos nueve años aunque no se hayan vuelto a ver, lo que significó aquel encuentro fugaz en la vida de cada uno, y al final están juntos en la casa de ella, él a punto de perder el avión que lo devuelve a su hogar en América, a su mujer que no ama y su hijo que sí adora, y la película termina. Todo da para pensar que él pierde voluntariamente el avión para no perderla a ella por segunda vez, pero esto no se ve.

Retomando el topos as time goes by de hace un año (se ve que este tipo de reflexiones me da para la misma época), si hubiera visto estas películas a los 20 años (a la edad de los protagonistas de la primera parte) habría deseado con toda mi alma que se volvieran a encontrar, con la certeza de que juntos está todo bien, y me habría parecido una tortura insoportable los 9 años sin verse; si las hubiera visto a los 30 (a la edad que tienen los protagonistas en la segunda parte, a la edad en que yo vi la primera) habría pensado que la magia del primer encuentro estaba en la brevedad, y que ya nada podría repetirlo; y ahora que las veo a los 40, me digo: ok, él pierde el avión, ella deja a su novio, ¿y después qué? uno, dos, tres meses o años más tarde, el fulgor inicial se transforma en otra cosa, es sólo cuestión de tiempo.

Pero no es esto tan obvio lo que me está dando vueltas en la cabeza, sino otra cosa: cómo nos marcan los finales de las obras que vemos o leemos, cómo también leemos nuestras vidas como si hubiera finales, cuando en realidad no los hay.


Un mantra desértico

Tanta agua por tantos lados en mi blog, he aquí una canción (que me gusta mucho, me la hizo conocer Rubén cuando nos conocimos) que habla del poder espiritual de la sequedad (aunque al final, curiosamente, vuelve a aparecer el agua).




A Horse With No Name

On the first part of the journey
I was looking at all the life.
There were plants and birds and rocks and things,
There was sand and hills and rings.
The first thing I met was a fly with a buzz
And the sky with no clouds.
The heat was hot and the ground was dry
But the air was full of sound.

I've been through the desert on a horse with no name
It felt good to be out of the rain.
In the desert you can remember your name
'Cause there ain't no one for to give you no pain.
La, la, la la la la, la la la, la, la
La, la, la la la la, la la la, la, la

After two days, in the desert sun
My skin began to turn red.
After three days in the desert fun
I was looking at a river bed.
And the story it told of a river that flowed
Made me sad to think it was dead.

You see I've been through the desert on a horse with no name,
It felt good to be out of the rain.
In the desert you can remember your name
'Cause there ain't no one for to give you no pain.
La la, la, la la la la, la la la, la, la
La la, la, la la la la, la la la, la, la

After nine days I let the horse run free
'Cause the desert had turned to sea.
There were plants and birds and rocks and things
There was sand and hills and rings.
The ocean is a desert with its life underground
And a perfect disguise above.
Under the cities lies, a heart made of ground
But the humans will give no love.

You see I've been through the desert on a horse with no name
It felt good to be out of the rain.
In the desert you can remember your name,
'Cause there ain't no one for to give you no pain.

La la, la, la la la la, la la la, la, la
La la, la, la la la la, la la la, la, la
La la, la, la la la la, la la la, la, la
Dewey Bunnell, ©1971


Encontré interpretaciones bastante curiosas de esta canción: que habla de la heroína (insistiendo incluso aunque el propio autor no lo admita), que habla de una relación amorosa superficial empezada para olvidar un gran amor, que es una canción mística, y el comentario bastante gracioso del autor, un americano que se crió cerca del desierto de Arizona y luego en Inglaterra donde escribió la canción a los 19 años, que dijo que estaba tan harto de la lluvia inglesa que empezó a recordar las sensaciones del desierto. O sea que todo empezó con el agua... Las veces que viví una sequía me asombró cómo llega un punto en que la ausencia de agua se siente con todo el cuerpo. Seis meses sin llover y por más que uno tenga agua para beber, cocinar y bañarse, llega un momento en que la lluvia se extraña con todo el ser.