Brillantes en el cristal

Como es costumbre desde hace un mes o más, esta tarde llovió. Haya sol o haya nubes por la mañana, desde hace mes y medio, más o menos, a la tarde llueve. Esta vez fue una tormenta casi veraniega, de truenos largos y relámpagos débiles, de chaparrones furiosos alternando con momentos de lluvia blanda, que mojó los ventanales de arriba a abajo dejándoles pegadas gotitas transparentes e inmóviles.
Manuel y yo nos quedamos en casa, jugando un juego de mesa sentados en el suelo, junto al ventanal que da al jardín, y al rato el cielo dejó libre un resquicio por donde se coló la luz del sol, unos rayos sueltos que fueron a dar al ventanal al lado del cual estaba sentada, iluminando las gotas de lluvia reciente que todavía estaban ahí. Cada gota reflejó la luz del rayito que la acarició con fuerza esplendorosa, cada gota se convirtió en un pequeño diamante adherido al cristal, refulgente, desparramando a su vez rayos de luz para todos lados, encandilándome. Joyas diminutas y efímeras en mi ventana, regalando brillo en un día de oscuridad.

¡Por fin vimos el arco iris!

Despues de tantas tardes de lluvia con sol en las que salí siempre que pude a buscar el arco iris sin encontrarlo, el jueves estábamos en otro pueblo donde no cayó ni una gota pero escuchamos un trueno, y al ponernos en camino hacia casa ahí estaba, en el cielo, ¡el arco iris! ¡Cuánto hacía que no veía uno en el cielo! ¡Y las ganas que tenía con tanta lluvia con sol en esta primavera extraña! Ibamos hacia casa y ahí estuvo él, todo el camino delante nuestro, y al llegar vimos que estaba ¡justo en la esquina de nuestra casa! Estuvo un buen rato en el cielo hasta que hubo más sol que gotas de lluvia y se disolvió en el aire.

Llegó la hora de los nísperos

Tenemos un níspero en la puerta de casa y este año se llenó de frutos naranjas y aterciopelados del tamaño del puño de Manuel, ¡y están riquísimos!

Aaaaahhhh, la patria!

La patria es una cucharada de dulce de leche en la boca. No porque el dulce de leche sea emblema nacional, como Gardel, sino porque para nosotros, argentinos de mi generación y algunas cuantas más para arriba y para abajo supongo, el dulce de leche es el sabor de la infancia, y ya lo dijeron muchos, la patria es la infancia.
Hoy me puse una cucharada de dulce de leche en la boca y fui trasladada a lo más antiguo y familiar, el placer puro y total y sin nombres de la infancia, cuando todo estaba bien y no sabíamos lo que iba a venir.

Defensa del final feliz

¿Qué les pasa a los/as escritores/as contemporáneos/as, señores míos? ¿Qué inconveniente hay en terminar una novela con un final feliz? ¿Tienen miedo de ser tildados de blandos, rosas, tontos, etcétera? ¿Un final feliz es menos profundo o inteligente que uno trágico?

Ya me surgieron estas preguntas cuando leí La elegancia del erizo, de Muriel Barbery, que como ya dije en una entrada anterior termina con una tragedia a mi entender innecesaria. Lo que pasa es que sí era necesaria para la autora, porque si continuaba el libro por donde se le estaba yendo antes de la tragedia, se convertía en otro libro, dejaba de ser el libro ácido y desesperanzado de las primeras dos terceras partes para dejar expuesto en forma cabal que es una versión moderna e intelectual de La Cenicienta. Para evitar esto, la mejor solución que encontró Barbery fue cortar por lo sano y ¡plaf! mató a la protagonista. Muerto el perro se acabó la rabia. Podría haber continuado la historia de otra manera, sin final feliz si eso la horroriza pero dejando viva a la pobre mujer, pero eso probablemente le habría llevado muchas más páginas y ya debía de estar cansada, o bien el editor le aconsejó que si pasaba de 500 páginas se vendería menos.

Ahora leí Moon Palace de Paul Auster (también en catalán: El Palau de la Lluna, y también para el Club de Lectura de la Biblioteca Pública del pueblo). Me gustó mucho, es super interesante, atrapante, super bien escrito, etc. Se podrían decir montones de cosas sobre el libro pero ahora me limito a una: ¿por qué no darle un respiro al protagonista, después de haberle hecho pasar las mil y una penurias, y darle la oportunidad de reconciliarse con el amor de su vida? Ya sé por qué: porque si pasara esto el libro se terminaría demasiado bien, se recuperaría el paraíso (¡horror!), el portagonista no terminaría nunca de crecer/nacer, le evitaría vivir dos o tres aventuras espectaculares más (incluyendo atravesar media Norteamérica a pie) y se aniquilaría el movimiento espacial tan subyugante de la novela, porque el protagonista volvería de Chicago a New York en vez de atravesar USA y terminar en el Pacífico, que se ve que era lo que quería Auster para consagrarse como autor de la epopeya americana contemporánea (y reconozco que es efectivo).

Yo entiendo todo esto, es obvio. Pero cuando estaba leyendo el libro , cuando después de la muerte de Barber, M.S. llama a Kitty Wu (ejemplo de perfección femenina absoluta en el libro, hasta yo me enamoré) lo que más deseaba era que se juntaran de nuevo. Tal vez sea un gran signo de salud mental de parte de ella que le diga que no se puede arriesgar a sufrir de nuevo por él, que aprendió a ser dura y vivir sin él, pero yo, que estaba leyendo esto, necesitaba que el pobre M.S. tuviera un remanso de paz, encontrara un abrazo donde cobijarse, recibiera una señal de amor de parte del universo (¿no podía Kitty Wu tener en cuenta todo lo que estaba sufriendo M.S.? Al fin y al cabo tanto tiempo no había pasado, apenas tres meses desde la separación). Pero no, Auster elige que no, y yo creo que no por verosimilitud (el libro está lleno de cosas extraordinarias) sino porque necesitaba que M.S. se lanzara al desierto y perdiera todo de nuevo para expiarse cabalmente y hasta el tuétano.

Yo entiendo todo, pero necesito paz. Y ya sé que si escribo esto es por cómo estoy ahora (considerando "ahora" los últimos años), que años atrás no habría necesitado que M.S. y Kitty Wu se reencontraran, que me habría parecido fenómeno que M.S. atraviese el desierto a pie. Pero ahora, en el estado emocional tan precario en el que vivo, me angustia leer cosas que me conmueven tanto (o mejor dicho: la conmoción por lo que leo deja filtrarse la angustia que tengo dentro) y me rebelo y me da ganas de no leer más cosas así.

Además, si Barbery y Auster creyeran que no es posible el amor entre hombre y mujer, ¿para qué dedicaron tantas páginas a describir relaciones paradisíacas? Si realmente no quieren ser "rosas" ni románticos, que no hablen del amor, nadie los obliga. Pero describen algo hermoso para después truncarlo. Debo decir que le reconozco a Auster el mérito de no haber caído en un recurso tan Deus ex Machina como Barbery para truncar el paraíso y que la causa por la que se trunca la relación entre M.S. y Kitty Wu es muy plausible y de gran hondura psicológica (y por eso mucho más angustiante para mí). De todas formas, la truncó. ¿Qué inconveniente hay en dejarlos felices? ¿Tan difícil es decir lo que uno quiere narrando desde la felicidad? ¿No se puede hacer la epopeya americana contemporánea o la crítica a la clase alta intelectual francesa desde la placidez?

Tantas veces escuché (quiero decir, leí) a los escritores/as decir que es más fácil narrar la desgracia que la felicidad, que la felicidad no se deja narrar, etc. No me importa, necesito imágenes felices, o por lo menos plácidas si no pueden ser exultantes, y si no las escriben los demás, las escribo yo, por eso este blog. Ahora siento que cuando nos regodeamos en lo mal que estamos, es que tan mal no estamos, porque cuando realmente estamos mal no podemos seguir regodeándonos en el malestar, instintivamente buscamos el bienestar, allí donde esté y por pequeño que sea. No me importa parecer estúpida por hablar de las flores en mi blog, gente que se queja hay de sobra en el mundo. Y para terminar les dejo la que tal vez sea MI frase de cabecera, que hice mía cuando la leí hace años, porque expresa esto mucho mejor que yo (y es una postura ante la vida):

El infierno de los vivos no es algo que será, hay uno , es aquel que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es riesgosa y exige atención y aprendizaje contínuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.
Palabras de Marco Polo a Kublai Kan, escritas por Italo Calvino en Las ciudades invisibles.

Y de yapa, otra de MIS frases, elegida en mi adolescencia; ésta de Borges: La esperanza y la felicidad son un deber. Uno debe ser feliz aunque sólo sea por orgullo.

¡Chin pun!