Nusud

Es largo, pero... quería compartir qué tenía en mente cuando pensé en la imprecisión de los oráculos. El capítulo que más me gusta de uno de mis libros preferidos, que me acompaña desde mi adolescencia.

La mano izquierda de la oscuridad
 
Capítulo 5. La domesticación del presentimiento (fragmento)

(...)
Llegué allí al mediodía. Esto es, llegué a algún sitio al mediodía, pero yo no sabía bien a dónde. Era aquello una floresta o un bosque, pero los árboles parecían más cuidados que de costumbre en ese país donde se les prestaba mucha atención, y el sendero corría por la falda de la montaña entre los árboles. Al cabo de un rato advertí a mi derecha, no lejos del camino, una casita de madera, y poco más allá, a la izquierda, otra construcción mayor, también de madera, y de alguna parte llegaba el olor fresco y delicioso de unas frituras de pescado.
Fui lentamente por el sendero, algo intranquilo. Yo no sabía qué opinaban los handdaratas de los turistas. En verdad yo sabía muy poco de ellos. El handdara es una religión sin instituciones, sin sacerdotes, sin jerarquías, sin votos, y sin credo; no sé todavía si tienen o no Dios. Es una religión elusiva, que se nos aparece siempre como alguna otra cosa. La única manifestación constante del handdara es la que se muestra en las fortalezas, sitios de retiro donde la gente va a pasar una noche, o la vida entera. No me hubiese interesado tanto en investigar este culto curiosamente intangible en sus lugares secretos si yo no hubiera deseado una respuesta a la pregunta que los investigadores habían dejado sin contestar: ¿Quiénes son los profetas y qué hacen realmente?
Yo había estado en Karhide más tiempo que los investigadores, y pensaba a veces que las historias a propósito de los profetas y sus profecías podían no ser ciertas. Las leyendas de predicciones son muy comunes en todos los dominios del hombre. Los dioses hablan, los espíritus hablan, las computadoras hablan. La ambigüedad oracular o la probabilidad estadística alimenta a los crédulos, y la fe borra las discrepancias. Sin embargo, valía la pena investigar las leyendas. Yo no había encontrado aún a ningún karhíder que aceptase la posibilidad de comunicaciones telepáticas; no creerían hasta que no vieran: exactamente mi posición a propósito de los profetas del handdara.
Mientras iba por el sendero advertí que a la sombra de aquel bosque montañoso se había levantado toda una aldea o pueblo, tan desordenadamente como Rer, pero recogido, pacifico, rural. Sobre todos los senderos y los tejados pendían los capullos de los hemmenes, el árbol más común de Invierno, una conífera vigorosa de agujas de color escarlata pálido. Las piñas del hemmen cubrían los caminos que se bifurcaban en todas direcciones, el polen del hemmen perfumaba el viento, y todas las casas estaban construidas con la madera oscura del hemmen. Me detuve al fin preguntándome a qué puerta llamaría, cuando una persona que paseaba entre los árboles salió a mi encuentro y me dio esta bienvenida:
—¿Busca usted hospedaje? —me preguntó
—Traigo una pregunta para los profetas. —Me había parecido mejor que ellos creyeran, al menos en un principio, que yo era un karhíder. Lo mismo que los investigadores nunca había tenido dificultades en hacerme pasar por nativo; entre tantos dialectos karhidis nadie prestaba atención a mi acento, y las pesadas ropas ocultaban mis anomalías sexuales. Me faltaban el abundante pelo pajizo y los ojos oblicuos del guedeniano típico, y era más oscuro y más alto que la mayoría, pero no me salía de las variantes normales. Me habían depilado de modo permanente la barba antes que yo dejara Ollul (en ese tiempo nada sabíamos aún de las tribus de «cuero» de Perunter que no sólo son barbados sino que además tienen pelo en todo el cuerpo, como los terranos blancos). De vez en cuando me preguntaban cómo me había roto la nariz. Tengo una nariz roma; las narices guedenianas son prominentes y delgadas, con pasajes estrechos, apropiados para la aspiración de aire subhelado. La persona que estaba allí en el sendero de Oderhord me miró la nariz con cierta curiosidad, y respondió:
—Entonces quizá usted quiera hablar con el tejedor. Está ahora abajo en el cañadón, a no ser que haya salido en trineo. ¿O piensa hablar antes con uno de los celibatarios?
—No estoy seguro. Soy sumamente ignorante.
El joven rió y me hizo una reverencia. —¡Muy honrado! —dijo —. He vivido aquí tres años y todavía no he adquirido una ignorancia que valga la pena mencionar. —Parecía divertido, pero se mostró amable a la vez, y recordando algunos fragmentos doctrinarios del handdara entendí que había estado vanagloriándome demasiado, como si me hubiese acercado a el diciéndole «Soy sumamente hermoso».
—Quiero decir; no sé nada acerca de los profetas.
—¡Envidiable! —dijo el joven. —Mire, hemos de ensuciar la nieve con marcas de pisadas, para ir a alguna parte. ¿Puedo mostrarle el camino a la cañada? Mi nombre es Goss.
Era su primer nombre. —Genry —dije, abandonando mi «l». Seguí a Goss adentrándome en la sombra helada de la cañada. El sendero estrecho cambiaba a menudo de dirección, subiendo con el declive de la montaña y bajando de nuevo; aquí y allí, cerca o lejos del sendero, entre los macizos troncos de los hémmenes, aparecían las casitas de color de bosque. Todo era rojo y castaño, húmedo, quieto, fragante, sombrío. De una de las casas llegó el silbido débil y dulce de una flauta karhidi. Goss caminaba, leve y rápido, con la gracia de una muchacha, algunos metros delante de mí. De pronto la camisa blanca le resplandeció a la luz, y pasé detrás de él de la sombra del bosque a un prado verde y asoleado.
A media docena de pasos había una figura, erguida, inmóvil, nítida; el hieb carmesí y el blanco de la camisa como una capa de esmalte contra el verde de las hierbas altas. A unos treinta metros más allá se alzaba otra estatua: blanca y azul; este hombre no se movió ni miró hacia nosotros todo el tiempo que hablamos con el primero. Estaban practicando la disciplina handdara de la presencia, que es una suerte de trance —los handdaratas, inclinados a las negaciones, lo llaman un atrance —que implica la pérdida del yo (¿inflación del yo?) mediante una conciencia y receptividad de extrema sensualidad. Aunque la técnica parece oponerse a la mayoría de las llamadas técnicas místicas es quizá también una disciplina mística, cuya meta sería la experiencia de lo inminente; pero soy aún incapaz de definir con certeza las prácticas de los handdaratas. Goss le habló al hombre del traje carmesí. Cuando el hombre dejó aquella inmovilidad y se volvió hacia nosotros, acercándose, noté en mí un temor reverente. En aquella luz de mediodía la figura del hombre resplandecía con una luz propia.
Era tan alto como yo, y delgado, con un rostro hermoso, claro, abierto. Cuando nuestros ojos se encontraron tuve el súbito impulso de hablarle en silencio, de tratar de alcanzarlo con el lenguaje de la mente que yo no había utilizado nunca desde mi llegada a Invierno, y que no me convenía utilizar por ahora. Sin embargo, ese impulso fue más fuerte que mis sentencias. Le hablé así. No hubo respuesta. Continuó mirándome atentamente, y al cabo de un momento me sonrió, y me dijo con una voz dulce, bastante alta:
—¿Entonces es usted el Enviado?
Tuve un sobresalto y dije:
—Sí.
—Mi nombre es Faxe. Nos honra recibirlo. ¿Nos acompañará un tiempo en Oderhord?
—De buen grado. Quisiera aprender las técnicas de ustedes en la profecía. Y si algo que yo pueda decirles en cambio, acerca de quién soy yo, de dónde vengo.
—Lo que usted desee —dijo Faxe con una sonrisa tranquila —. Es agradable que haya cruzado el Océano del Espacio, y haya sumado luego al viaje casi dos mil kilómetros y el cruce del Kargav para venir a vernos.
—Yo deseaba venir a Oderhord por la fama de sus profecías.
—Quiere vernos mientras profetizamos entonces, ¿o trae una pregunta para nosotros?
Aquellos ojos claros obligaban a la verdad.
—No sé —dije.
Nusud —dijo Faxe, —no es nada. Si se queda aquí un tiempo quizá descubra que tiene una pregunta, o que no hay pregunta. Sólo de cuando en cuando, ya sabe usted, pueden reunirse los profetas, y trabajar juntos, así que en cualquier caso se quedará unos días.
Así lo hice, y fueron días buenos. No había horario excepto para el trabajo comunitario, en los campos, el jardín, recolección de leña, mantenimiento; y los transeúntes como yo eran llamados por cualquier grupo que necesitara de pronto una mano. Aparte de estas tareas, podía pasar todo un día sin que nadie dijera una palabra; aquellos con quienes más hablaba yo eran el joven Goss, y Faxe, el tejedor; el extraordinario carácter de este hombre, tan límpido e insondable como un pozo de agua clara, era la quintaesencia del carácter del sitio. Había noches en que nos reuníamos en la sala del hogar o en alguna de las casas bajas rodeadas de árboles; conversábamos y bebíamos cerveza, y a veces se tocaba música, la vigorosa música de Karhide, de melodía simple y ritmos complejos, siempre fuera de tiempo. Una noche dos reclusos bailaron, hombres viejos, canosos, y de miembros flacos; los pliegues de los párpados les ocultaban a medias los ojos oscuros. La danza era lenta, precisa, ordenada; fascinaba al ojo y a la mente. Empezaron a bailar después de cenar, a la tercera hora. Los músicos tocaban a veces, o callaban: sólo el hombre de los tambores no interrumpía nunca el ritmo sutil y cambiante. A la hora sexta, a medianoche, luego de cinco horas terrestres, los dos viejos estaban bailando todavía. Esta era la primera vez que yo veía el fenómeno de doza —el uso voluntario y controlado de lo que llamamos «fuerza histérica» —y desde entonces me sentí más dispuesto a creer lo que se contaba de los viejos del handdara.
Era una vida introvertida, autosuficiente, estancada, detenida en aquella singular «ignorancia» tan apreciada por los handdaratas, de acuerdo con la doctrina que aconsejaba la inactividad o la no interferencia. En esta doctrina (expresada en la palabra nusud, que he traducido como «no es nada») está la raíz del culto, y no pretendo entenderla. Pero comencé a entender mejor a Karhide, luego de medio mes en Oderhord. Detrás de la política, pasiones, y actividades había siempre una vieja oscuridad, pasiva, anárquica, silenciosa: la oscuridad fecunda del handdara.
Y en aquel silencio inexplicablemente se alzaba la voz del profeta.
El joven Goss, a quien le agradaba el papel de guía, me dijo una vez que mi pregunta a los profetas podía referirse a cualquier cosa, y no había fórmulas precisas. —Cuanto más específica y limitada sea la pregunta, más exacta será la respuesta —dijo —. La vaguedad engendra vaguedad, y algunas preguntas, por supuesto, no tienen respuesta.
—¿Y si hago una pregunta que no tiene respuesta? —inquirí. Este juego parecía sofisticado, pero no desconocido. Sin embargo, no esperaba la respuesta de Goss: —El tejedor la rechazará. Las preguntas sin respuesta han llevado a la ruina a grupos enteros de profetas.
—¿A la ruina?
—¿No conoce la historia del Señor de Shord que obligó a los profetas de la fortaleza de Asen a responder a la pregunta: Que significado tiene la vida? Bueno, eso ocurrió hace un par de miles de años. Los profetas estuvieron en la oscuridad seis días y seis noches. Al cabo de ese tiempo todos los celibatarios eran catatónicos, los zanis estaban muertos, el perverso golpeó al Señor de Shod con una piedra hasta matarlo, y el tejedor... Era un hombre llamado Meshe.
—¿El fundador del culto yomesh?
—Si. dijo Goss, y se rió como si la historia fuese de veras divertida, pero no pude saber si el chiste era a costa de los yomeshtas o de mí.
Yo había decidido hacer una pregunta de si o no, que por lo menos demostraría de un modo evidente la extensión y tipo de oscuridad o ambigüedad de la respuesta. Faxe me confirmó lo que decía Goss, que la pregunta podía concernir a un tema que los profetas ignoraran del todo. Podía preguntarles si la cosecha de hierba sería buena en el hemisferio norte de S, y ellos me responderían, aunque no hubiesen tenido hasta entonces ningún conocimiento de la existencia de un planeta llamado S. Esto parecía situar al asunto en el plano de la adivinación por probabilidades, como el tallo de milenrama o el tiro de las monedas. No, dijo Faxe, de ningún modo. La ley de probabilidades no operaba aquí. Todo el proceso era en realidad el reverso de una coincidencia.
—Entonces leen las mentes.
—No —dijo Faxe con una sonrisa severa y cándida.
—Quizá lo hacen, sin saberlo.
—¿De que serviría? Si el consultante conociera la respuesta, no vendría aquí a preguntar y a pagarnos.
Elegí una pregunta de la que ciertamente yo ignoraba la respuesta. Sólo el tiempo podía probar la verdad o la falsedad de la profecía, a menos que (como yo esperaba) fuese una de esas admirables profecías profesionales que siempre tienen aplicación, cualquiera sea el resultado. No era una pregunta trivial. Yo había abandonado la idea de preguntar cuando dejaría de llover o alguna insignificancia de este tipo, pues sabía ahora que la tarea de los nueve profetas de Oderhord era trabajosa y arriesgada. El costo era alto para el consultante —dos de mis rubíes fueron a los cofres de la fortaleza —, pero mas altos para quienes respondían. Y a medida que yo iba conociendo a Faxe, se me hacía más difícil creer que fuese un mistificador profesional, y me parecía todavía más difícil creer que fuese un hombre honesto, que se engañaba a sí mismo. La inteligencia de Faxe era dura, clara y pulida como mis rubíes. No me atreví a tenderle una tram- pa. Le pregunté lo que más deseaba saber.
En onnederhead, el décimooctavo día del mes, los nueve profetas se reunieron en el edificio mayor, comúnmente cerrado con llave: una sala alta, de piso de piedra, y fría, iluminada apenas por un par de es-trechas aberturas en los muros y un fuego que ardía en la profunda chimenea de un extremo. Los nueve se sentaron en círculo sobre la piedra desnuda, todos ellos encapuchados, envueltos en túnicas: unas siluetas duras e inmóviles, como un círculo de dólmenes en el débil resplandor del fuego próximo. Goss, y un par de otros jóvenes reclusos, y un médico del dominio más cercano miraron en silencio desde asientos instalados junto a la chimenea, mientras yo cruzaba la sala y entraba en el círculo. Todo era muy informal, y muy tenso. Uno de los encapuchados alzó los ojos cuando estuve entre ellos y vi un rostro extraño, tosco, pesado, y unos ojos insolentes que me miraban.
Faxe estaba sentado con las piernas cruzadas, inmóvil, pero como cargado de una fuerza creciente, de modo que la voz dulce y alta le restallaba ahora como una descarga eléctrica. —La pregunta —dijo.
Me detuve en medio del círculo e hice mi pregunta: —¿Será este mundo Gueden miembro del Ecumen de los Mundos Conocidos antes que pasen cinco años?
Silencio. Me quedé allí, inmóvil, como en el centro de una telaraña tejida de silencio.
—Hay respuesta —dijo el tejedor, serenamente. Las estatuas encapuchadas se ablandaron entonces moviéndose; aquel que me había mirado de modo tan raro le murmuró algo a un vecino. Dejé el círculo y me uní a los observadores junto al fuego.
Dos de los profetas permanecieron recogidos sin hablar. Uno de ellos alzaba de vez en cuando la mano derecha, golpeaba rápida y levemente el piso diez o veinte veces, y luego se sentaba otra vez inmóvil. Yo no había visto antes a ninguno de ellos: eran los zanis, dijo Goss. Estaban locos. Goss los llamaba «divisores del tiempo», lo que podía significar «esquizofrénicos». Los psicólogos de Karhide, aunque incapaces de leer en las mentes, y por esto mismo semejantes a cirujanos ciegos, se las ingeniaban para sacar el mayor provecho posible a las drogas, la hipnosis, el shock loca, el toque criónico y otras terapias mentales. Pregunté si no se podía curar a aquellos dos psicópatas.
—¿Curar? —dijo Goss —¿Curaría usted a un cantante quitándole la voz?
Cinco de los miembros del grupo eran reclusos de Oderhord, adeptos a la práctica handdara de la presencia, y también, dijo Goss, y mientras fuesen profetas, celibatarios, ya que no tomaban compañero o compañera durante los períodos de potencia sexual. Uno de estos celibatarios debía estar en kémmer durante la profecía. Pude distinguirlo, pues yo ya conocía la sutil intensificación física, esa especie de resplandor que señala la primera fase del kémmer.
Junto al kémmerer estaba el perverso.
—Vino de Espreve, con el médico —me dijo Goss. —Algunos grupos de profetas provocan artificialmente estados de perversión inyectando hormonas masculinas o femeninas en los días que preceden a la profecía. Un perverso natural es mas adecuado. Viene de buena gana, le agrada la notoriedad.
Goss había empleado el pronombre que designa al animal macho, no el pronombre del ser humano que es parte masculina del kémmer, y parecía un poco turbado. En Karhide las cuestiones sexuales se discuten libremente, y se habla del kémmer con respeto, pero también con gusto, y sin embargo son reticentes cuando se trata de una perversión; al menos, eran reticentes conmigo. La prolongación excesiva del período de kémmer, acompañada por un desequilibrio hormonal permanente hacia lo masculino o lo femenino, provoca lo que ellos llaman perversión; no es extremadamente rara: tres o cuatro por ciento de los adultos pueden ser perversos o anormales psicológicos; normales, de acuerdo con nuestros hábitos. No se los excluye de la sociedad, pero son tolerados con cierto desdén, como los homosexuales en muchas sociedades bisexuales. El término popular para ellos en karhidi es muertos—vivos. Son todos estériles.
El perverso del grupo, luego de echarme aquella rara y larga mirada, ya no reparó en nadie excepto en la criatura más próxima, el kémmerer, cuya creciente actividad sexual se desarrollaría todavía más, hasta alcanzar al fin una plena capacidad sexual femenina, sostenida por el poder masculino excesivo y constante del perverso. El perverso no dejaba de hablar en voz baja, inclinándose hacia el kémmerer, que le respondía apenas y parecía rechazarlo. Ninguno de los otros hablaba desde hacía un tiempo, no había otro sonido que el susurro constante del perverso. Faxe observaba a uno de los zanis. El perverso puso de pronto una mano delicada sobre la mano del kémmerer. El kémmerer evitó rápidamente el contacto, con miedo o disgusto, y miró a Faxe como pidiendo auxilio. Faxe no se movió, el kémmerer se quedó en su sitio, quieto, cuando el perverso lo tocó otra vez. Uno de los zanis alzó la cara y rió con una risa larga, falsa y alta.
Faxe alzó una mano. Los rostros de los demás se volvieron inmediatamente hacia él, como si el tejedor hubiese recogido todas las miradas en una gavilla, en una madeja.
Habíamos entrado en la sala en las primeras horas de la tarde, bajo la lluvia. La luz grisácea había muerto pronto en las ventanas—ranuras, bajo los aleros. Ahora unas cintas de luz blanquecina se extendían como velámenes oblicuos y fantasmagóricos, triángulos y formas oblongas, de la pared al piso, sobre las caras de los nueve profetas: fragmentos opacos del resplandor de la luna, que se alzaba afuera, sobre el bosque. El fuego se había apagado hacía tiempo, y no había otra luz que las líneas y rayas pálidas que se consumían en el círculo, esbozando una cara, una mano, una espalda inmóvil. Durante un rato vi el perfil rígido de Faxe como una piedra blanca en un difuso polvo luminoso. La diagonal de la luz lunar subió hasta alcanzar un bulto negro, el kémmerer, la cabeza caída entre las rodillas, las manos en el piso, el cuerpo sacudido por un continuo temblor, repetido por el palmoteo de las manos del zani, que golpeaba en la oscuridad del piso de piedra. Estaban conectados, todos ellos, como si fueran los puntos de suspensión de una telaraña. Sentí, y no por mi voluntad, la conexión, la comunicación que corría sin palabras, inarticulada, a través de Faxe, y que Faxe trataba de ordenar y encauzar, pues él era el centro, el tejedor. La luz pálida se hizo trizas y murió en la pared del este. La trama de fuerza, de tensión, de silencio creció todavía más.
Traté de evitar el contacto con aquellas mentes. Me desasosegaba la callada tensión eléctrica, la impresión de que me arrastraban dentro de algo, convirtiéndome en un punto o una figura de la estructura de la tela. Pero cuando yo alzaba una barrera era peor; me sentía aislado y arrinconado en mi propia mente, abrumado por alucinaciones visuales y táctiles, un torbellino de imágenes y nociones primitivas, visiones y sensaciones directas todas de índole sexual y de una violencia grotesca, un caldero rojo y negro de furia amorosa. Me encontraba en medio de abismos boqueantes de labios irregulares, vaginas heridas, puertas del infierno. Perdí el equilibrio, me sentí caer... Si no podía apartarme de este caos yo caería de veras, me volvería loco, y era imposible apartarse. Las fuerzas empáticas y paraverbales que operaban entonces, inmensamente poderosas y oscuras, tenían su origen en perversiones y frustraciones sexuales, en una tras- tornada visión del tiempo, y en una asombrosa disciplina de total atención a la realidad inmediata; estas fuerzas estaban fuera del alcance de mi voluntad. Y sin embargo eran fuerzas que obedecían a una voluntad; Faxe era todavía el centro. Pasaron horas y segundos, la luz de la luna brilló en la otra pared, y luego ya no hubo ninguna luz y sólo oscuridad, y en medio de esa oscuridad Faxe el tejedor: una mujer, una mujer vestida de luz. La luz fue plata, la plata fue una armadura, una mujer que sostenía una espada. La luz ardió de pronto, intolerable, la luz en los miembros de la mujer, y el fuego, y la mujer gritó de terror y dolor: —¡Sí, si, sí!
La risa cantarina del zani empezó de nuevo ja—ja—ja—ja y se hizo más y más alta en un aullido ondulante que subía y subía, un aullido interminable que iba de un extremo a otro del tiempo. Hubo un movimiento en la oscuridad, unos pies que se arrastraban y restregaban en el suelo, una redistribución de siglos antiguos, una evasión de figuras. —Luz, luz —dijo una voz inmensa en sílabas que se prolongaban, una vez o innumerables veces. —Luz, un leño a la chimenea, allí. Algo de luz. —Era el médico de Espreve. Había entrado en el círculo, roto ahora. Estaba arrodillado junto a los zanis, los más débiles, los fusibles; los dos estaban caídos en el suelo, los cuerpos en ovillo. El kémmerer yacía con la cabeza apoyada en las rodillas de Faxe, jadeando, temblando aún. La mano de Faxe le acariciaba el pelo con una descuidada ternura. El perverso se había retirado a un rincón, hosco y abatido. La sesión había quedado atrás, el tiempo pasaba ahora como de costumbre; la trama de poder se había deshecho en indignidad y cansancio. ¿Dónde estaba mi respuesta, el misterio del oráculo, la ambigua voz de la profecía?
Me arrodillé junto a Faxe. Me miró con aquellos ojos claros. Durante un momento lo vi como antes en la oscuridad: una mujer armada de luz y ardiendo en un fuego, gritando: —Sí...
La voz serena de Faxe interrumpió la visión:
—¿Tienes tu respuesta, consultante?
—Tengo mi respuesta, tejedor.
En verdad yo tenía mi respuesta. Antes de cinco años Gueden sería un miembro del Ecumen, sí. Ningún enigma, ningún ocultamiento. Aun entonces tuve conciencia de la índole de esa respuesta, no tanto una profecía como una observación. Yo mismo no pude escapar a esa certidumbre: la respuesta era cierta. Tenia esa claridad imperativa del presentimiento.
Tenemos naves nafal y transmisión instantánea y comunicación de las mentes, pero aún no aprendimos a domesticar los presentimientos; para eso hemos de ir a Gueden.
—Yo fui el filamento —me dijo Faxe un día o dos después —. La energía crece y crece en nosotros, renovándose siempre, acrecentando su propio impulso cada vez, hasta que irrumpe al fin, y la luz está en mi, alrededor, soy la luz... El viejo de la fortaleza de Arbin me dijo una vez que si lo pusiéramos en un vacío en el momento de la respuesta, el tejedor ardería durante años. Esto es lo que dicen de Meshe los yomeshtas; que Meshe vio claramente el pasado y el futuro, no un instante, sino toda la vida luego de la pregunta de Shord. Parece difícil de creer. Dudo que haya un hombre capaz de soportarlo. Pero no es nada...
Nusud, la ubicua y ambigua negativa de los handdaratas.
Paseábamos juntos y Faxe me miraba. La cara del tejedor, una de las más hermosas que yo haya visto nunca, parecía delicada y dura, como piedra cincelada.
—En la oscuridad —dijo —hubo diez, no nueve. Había un extraño.
—Si, un extraño. No pude protegerme. Es usted sensible, un poderoso telépata natural. Por eso es también, supongo, el tejedor, quien mantiene las tensiones y reacciones en una estructura que se alimenta continuamente a si misma hasta que al fin la estructura se quiebra, y usted va en busca de la respuesta.
Faxe me escuchaba con un grave interés.
—Es raro ver desde afuera los misterios de mi disciplina, a través de los ojos de usted. Yo sólo puedo verlos desde adentro, como discípulo.
—Si me permite, si usted así lo desea, Faxe, me agradaría hablarle en el lenguaje de la mente. —Yo estaba seguro ahora de que Faxe era un comunicante natural; su consentimiento, y luego algo de práctica, ayudaría a bajar un poco aquella barrera inconsciente.
—¿Y después oiría yo lo que piensan otros?
—No, no. No más que ahora, como empático. El lenguaje de la mente es comunicación, enviada y recibida de modo voluntario.
—¿Entonces por qué no hablar en voz alta?
—Bueno, es posible mentir, hablando.
—¿No en el otro lenguaje?
—No deliberadamente.
Faxe reflexionó un rato.
—Una disciplina que debiera interesar a reyes, políticos, hombres de negocios.
—Los hombres de negocios lucharon desde un principio contra ese lenguaje, cuando se descubrió que era una técnica accesible. La prohibieron durante años.
Faxe sonrió.
—¿Y los reyes?
—No tenemos más reyes.
—Si, ya veo... Bueno, gracias, Genry. Pero mi tarea es desaprender, no aprender, y no quisiera aprender un arte que cambiará el mundo.
—Las profecías de usted cambiarán el mundo, y antes de cinco años.
—Y yo cambiaré junto con el mundo, Genry. Pero no deseo cambiarlo.
Llovía, la primera llovizna larga del verano guedeniano. Caminamos por la ladera bajo los hémmenes, más arriba de la fortaleza, donde no había senderos. La luz caía en grises entre las ramas oscuras, de las agujas escarlatas goteaba un agua clara. El aire era helado, pero apacible, colmado del sonido de la lluvia.
—Faxe, explíqueme. Ustedes los handdaratas tienen un don que hombres de todos los mundos han deseado alguna vez. Usted lo tiene. Puede predecir el futuro. Y sin embargo vive como el resto de nosotros. Parece que no es nada...
—¿Por qué tendría que ser algo, Genry?

—Bueno, por ejemplo, la rivalidad entre Karhide y Orgoreyn, esa disputa a propósito del valle de Sinod. Karhide ha perdido prestigio en las últimas semanas, parece. ¿Por qué entonces no consulta el rey Argaven a los profetas, preguntándoles qué curso tomar, o a quién elegir como primer ministro entre los miembros del kiorremi, o algo semejante?
—No es fácil preguntar.
—No veo por qué. Bastaría con preguntar, ¿quien me serviría mejor como primer ministro? Sólo eso.
—Si, pero el rey no sabe qué significa me serviría mejor. Podría querer decir que el hombre elegido entregara el valle de Orgoreyn, o se exiliará, o asesinará al rey. Podría querer decir muchas cosas que el rey no esperaría ni aceptaría nunca.
—La pregunta tendría que ser muy precisa.
—Si, pero serían necesarias muchas preguntas, y también el rey ha de pagar su precio.
—¿Un precio alto?
—Muy alto —dijo Faxe, tranquilo —. El consultante paga lo que puede, como usted sabe. Los reyes han venido a veces a oír a los profetas, pero no a menudo
—¿Qué pasa si uno de los profetas es un hombre poderoso?
—Los reclusos de la fortaleza no tienen rango ni posición. Es posible que me manden al kiorremi en Erhenrang; bueno, si voy, me llevo conmigo mi posición y mi sombra, pero no mis dones de profecía. Si mientras sirvo en el kiorremi se me presenta una pregunta tendré que ir a la fortaleza de Orgni, pagar el precio, y así tendré una respuesta. Pero los handdaratas no queremos respuestas. Es difícil evitarlas, pero lo intentamos.
—Faxe, creo que no entiendo.
—Bueno, venimos aquí a la fortaleza a aprender, y sobre todo a no preguntar.
—Pero las respuestas vienen de ustedes
—¿No entiende aún, Genry, por qué perfeccionamos y practicamos la profecía?
—No.
—Para mostrar que no sirve de nada tener una respuesta cuando la pregunta está equivocada.
Reflexioné un rato, mientras caminábamos juntos bajo la lluvia y las ramas oscuras del bosque de Oderhord. La cara encapuchada de Faxe parecía fatigada, y tranquila. La extraña luz se había apagado, y sin embargo yo sentía aún un cierto temor respetuoso. Faxe me miraba con ojos claros, cándidos, amables, y me miraba desde una tradición de trece mil años de edad: un modo de pensar y un modo de vivir tan antiguo, tan firme, integro y coherente que daba a un ser humano la capacidad de olvidarse de sí mismo, el poder y la integridad de un animal salvaje, una criatura que mira a los ojos de un eterno presente.
—Lo desconocido —dijo la tranquila voz de Faxe en el bosque —, lo imprevisto, lo indemostrable... el fundamento de la vida. La ignorancia es el campo del pensamiento. Lo indemostrable es el campo de la acción. Si se demostrara que no hay Dios no habría religiones. Ni handdara, ni yomesh, ni dioses tutelares, nada. Pero si se demostrara que hay Dios tampoco habría religiones... Dígame, Genry, ¿qué se sabe? ¿Qué hay de cierto en este mundo, predecible, inevitable, lo único cierto que se sabe del futuro de usted, y del mío?
—Que moriremos.
—Si. Sólo una pregunta tiene respuesta, Genry, y ya conocemos la respuesta... La vida es posible sólo a causa de esa permanente e intolerable incertidumbre: no conocer lo qué vendrá.

                                                                                                                 Ursula K. Le Guin

Amor a primera vista

Toda mi vida me sentí por igual fascinada y negada para la música: me provoca un montón de cosas, pero la percibo primitivamente, como un misterio impenetrable. Me doy cuenta de que en la música hay mucho más que lo que yo puedo distinguir cuando veo cómo otros hablan de lo que pueden escuchar y yo no, y eso de lo que hablan me resulta inaccesible. Sin embargo la música me acompaña profundamente. Y no debe de ser casual que los hombres que me atraen son músicos (Los músicos lo escribí hace veinte o veinticinco años, y se fue confirmando con los años) o al menos tienen una inclinación musical que desarrollaron más o menos; incluso los que a primera vista no parecen músicos, algo tienen.

Cuando era chica estaba fascinada por el piano, me habría encantado aprender a tocarlo, pero no hubo ninguno cerca, es posible que yo ni siquiera se lo haya dicho a mis padres, y además quién sabe, tal vez tampoco habría podido aprender ni siquiera tomando lecciones. Aprendí a tocar la flauta dulce como cualquier escolar porteño de por entonces, y cuando terminé la primaria la abadoné. Mi siguiente acercamiento musical fueron las clases de Patricia Ferro Olmedo que mencioné hace poco; por entonces tenía treinta años, y también me confirmaron que no lograba escuchar lo que otros escuchan y que parece necesario para poder tocar o cantar con soltura, y las clases derivaron hacia la interpretación de mis poemas, que había sido mi objetivo inicial.

Conocer a Rubén me aportó otro acercamiento a la música, porque él es ultraintuitivo y antiacadémico y tiene una postura ante lo musical que es liberadora. Rubén es un embellecedor musical, cualquier cosa que toque queda embellecida con su aporte. Gracias a él, a vivir como vivimos en las sierras de Córdoba, a Manuel, y a mi evolución personal, logré liberar mi voz y cantar, cantarle a Manuel bebé para que se duerma, y cantar unos cantos informes, experimentales, que me hicieron mucho bien, y que Rubén aprovechó para musicalizar mis Sirenas, cosa que me resulta un milagro digno de Lourdes: que mi propia voz ilustre mis sirenas es semejante a que un paralítico vuelva a caminar.

Desde que vivo con Rubén estoy rodeada de instrumentos por demás diversos, y alguna vez me dio por juguetear con alguno, pero nunca prosperó más que unos minutos aislados. En Córdoba nos habían prestado dos kalimbas africanas y las toqué con gran placer: lo bueno de las kalimbas es que cualquier cosa que uno haga con ellas suena bien. La kalimba podría ser mi instrumento, y Papá Noel se dio cuenta y me regaló una hace años, pero quedó en la habitación de Manuel y casi nunca la toco. Vivo con un guitarrista y profesor de guitarra excelente pero la guitarra es un instrumento sumamente complejo como para animarme a empezar a estudiar guitarra a esta altura de la vida.

Días atrás Rubén trajo a casa un ukelele que le prestó un amigo. Para los que no lo conozcan, parece una guitarra chiquita, muy chiquita, con cuatro cuerdas. Yo no sé qué me pasó, pero fue algo nuevo. Sólo puedo asimilarlo al amor a primera vista. Me dio ganas de tocar el ukelele, y lo agarré y fui feliz. Rubén me alentó, me dijo que es un instrumento muy amable, que puedo aprender, que empiece así, jugando con las cuerdas todos los días, y me dijo un par de cosas sobre rasguear y cómo poner los dedos. Eso hice, tocar cada día (hace poco que está con nosotros, ¡espero que no tenga que devolverlo enseguida!). Es muy extraño cómo me siento. Me da ganas de tocarlo todo el tiempo, todos los días. ¡Le doy besitos! (al ukelele). Me despido de él antes de irme a dormir. La primera vez que lo toqué le dije a Rubén "es como tener a un bebé" (me refiero a tenerlo en brazos, no a "tener" por "parir"). Me gustaría tener uno mío y aprender. El ukelele sí me parece posible, no como para tocar ante nadie pero sí para tocarme a mí misma y ser feliz.

Mi querida cuñada (¿o es concuñada?) cordobesa me habló de una disciplina corporal que se hace en Buenos Aires y me gustaría hacer alguna vez que se llama "terapia antigravitacional" y consiste en colgarse de unos arneses y ponerse cabeza para abajo. Según ella, esta posición antinatural ayuda a limpiar todo el organismo; cuando nos lo explicó, hizo el gesto de sacudir una botella con líquido invirtiéndola rápidamente para mezclar lo que está en el fondo, y nos dijo que lo mismo pasa con nosotros al estar invertidos, todo lo que puede estar obstaculizado se destraba y fluye, y eso limpia. Me encantó la idea y quiero hacer en cuanto pueda, me da la sensación de que ponerme de cabeza aliviaría muchísimo mi espalda. La cuestión es que siento tan diferente mi estar en el mundo que me pregunto si no habré tenido alguna terapia antigravitacional mental invisible, porque mi cabeza parece haberse dado vuelta completamente. Y mi amor por el ukelele parece una muestra más de esto.

Leonardo y el agua


Studies of water.
“All the branches of a water [course] at every stage of its course, if they are of equal rapidity, are equal to the body of the main stream.[*]”
Among Leonardo's drawings are many that are studies of the motion of water, in particular the forms taken by fast-flowing water on striking different surfaces.
Many of these drawings depict the spiralling nature of water. The spiral form had been studied in the art of the Classical era and strict mathematical proportion had been applied to its use in art and architecture. An awareness of these rules of proportion had been revived in the early Renaissance. In Leonardo's drawings can be seen the investigation of the spiral as it occurs in water.
There are several elaborate drawings of water curling over an object placed at a diagonal to its course. There are several drawings of water dropping from a height and curling upwards in spiral forms. One such drawing, as well as curling waves, shows splashes and details of spray and bubbles.
Leonardo's interest manifested itself in the drawing of streams and rivers, the action of water in eroding rocks, and the cataclysmic action of water in floods and tidal waves. The knowledge that he gained from his studies was employed in devising a range of projects, particularly in relation to the Arno River. None of the major works was brought to completion.
[*]  Jean Paul Richter editor 1880, The Notebooks of Leonardo da Vinci Dover, 1970

Fuente: Science and inventions of Leonardo da Vinci, from Wikipedia, the free encyclopedia.


Qué lindo soñar que somos una mariposa y dormir tan profundamente que al despertador no sabemos quién somos



El sueño de Chuang Tzu
Chuang Tzu soñó que era una mariposa y no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que ahora soñaba ser un hombre.
Herbert Allen Giles, Chuang Tzu (1889)

Revoloteaba alegremente; era una mariposa muy contenta de serlo. No sabía que era Chuang Tse. De repente despierta. Era Chuang Tse y se asombró de serlo. Ya no le era posible saber si era Chuang Tse que soñaba ser una mariposa, o era una mariposa que soñaba ser Chuang Tse.

Quotations sourced to the book known as Zhuangzi:
Once upon a time, I, Chuang Chou, dreamt I was a butterfly, fluttering hither and thither, to all intents and purposes a butterfly. I was conscious only of my happiness as a butterfly, unaware that I was Chou. Soon I awaked, and there I was, veritably myself again. Now I do not know whether I was then a man dreaming I was a butterfly, or whether I am now a butterfly, dreaming I am a man. Between a man and a butterfly there is necessarily a distinction. The transition is called the transformation of material things. 
As translated by Lin Yutang 
Alternate translations 
Once upon a time, I, Chuang Chou, dreamt I was a butterfly, fluttering hither and thither, a veritable butterfly, enjoying itself to the full of its bent, and not knowing it was Chuang Chou. Suddenly I awoke, and came to myself, the veritable Chuang Chou. Now I do not know whether it was then I dreamt I was a butterfly, or whether I am now a butterfly dreaming I am a man. Between me and the butterfly there must be a difference. This is an instance of transformation. 
As translated by James Legge, and quoted in The Three Religions of China: Lectures Delivered at Oxford (1913) by William Edward Soothill, p. 75 
Once Zhuang Zhou dreamed he was a butterfly, a fluttering butterfly. What fun he had, doing as he pleased! He did not know he was Zhou. Suddenly he woke up and found himself to be Zhou. He did not know whether Zhou had dreamed he was a butterfly or a butterfly had dreamed he was Zhou. Between Zhou and the butterfly there must be some distinction. This is what is meant by the transformation of things. 
One night, Zhuangzi dreamed of being a butterfly — a happy butterfly, showing off and doing things as he pleased, unaware of being Zhuangzi. Suddenly he awoke, drowsily, Zhuangzi again. And he could not tell whether it was Zhuangzi who had dreamt the butterfly or the butterfly dreaming Zhuangzi. But there must be some difference between them! This is called 'the transformation of things'.

 庄子和蝴蝶 有一天,庄子在花园里睡着了。他作了一个梦,梦见他是一只很好看的蝴蝶。它飞到东、飞到西,最后飞累了,就睡着了。蝴蝶也作了一个梦,梦见它是庄子。这时候,庄子醒了。他不知道他现在是真的庄子呢,还是蝴蝶梦里的庄子…他也不知道是他梦见了蝴蝶呢,还是蝴蝶梦见了他。

Zhuangzi et le papillon
Un jour, le philosophe Zhuangzi s’endormit dans un jardin fleuri, et fit un rêve. Il rêva qu’il était un très beau papillon. Le papillon vola çà et là jusqu’à l’épuisement ; puis, il s’endormit à son tour. Le papillon fit un rêve aussi. Il rêva qu’il était Zhuangzi. À cet instant, Zhuangzi se réveilla. Il ne savait point s’il était, maintenant, le véritable Zhuangzi ou bien le Zhuangzi du rêve du papillon. Il ne savait pas non plus si c’était lui qui avait rêvé du papillon, ou le papillon qui avait rêvé de lui.

Érase una vez, Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Chuang Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Chuang Tzu.

Once upon a time, Chuang Tzu dreamed that he was a butterfly. Suddenly he awoke, and he did not know whether it was Chuang Tzu dreaming that he was a butterfly, or whether it was the butterfly dreaming that it was Chuang Tzu.

Jadis, Chuang Tzu rêva qu’il était un papillon. Brusquement il s’éveilla et il ne sut plus si c’était Chuang Tzu rêvant qu’il était un papillon, ou un papillon rêvant qu’il était Chuang Tzu.

Uma vez Chuang Tzu, sonhou que era uma borboleta. De repente acordou e não sabia se era Chuang Tzu sonhando que era uma borboleta ou uma borboleta sonhando que era ChuangTzu.

Libro I cap. II (18) Una volta Chuang-Tzu sognò d'essere una farfalla: era una farfalla perfettamente felice, che si dilettava di seguire il proprio capriccio. Non sapeva d'essere Tzu. Improvvisamente si destò e allora fu Tzu, gravato dalla forma. Non sapeva se era Tzu che aveva sognato d'essere una farfalla o una farfalla che sognava d'essere Tzu. Eppure tra Tzu e una farfalla c'è necessariamente una distinzione: così è la trasformazione degli esseri. 

Chuang-tzu e la farfalla 
Un tempo Chuang-tzu si vide, in sogno, come una farfalla. Si vide come una farfalla che volteggia liberamente, e si diverte. Non sapeva di essere Chuang-tzu. All'improvviso cominciò a percepire altre sensazioni, e si sentì di nuovo Chuang-tzu. Tuttavia, non sapeva se era Chuang-tzu che si era visto in sogno come una farfalla, o se era la farfalla che si era vista in sogno come Chuang-tzu. 

Zhuangzi va somniar que era una papallona. En despertar ignorava si era ell qui havia somniat que era una papallona o si era una papallona que havia somniat que era Zhuangzi. 


La imprecisión de los oráculos

Cuando decidimos volver a vivir en Buenos Aires, un tema que empezó a preocuparme fue encontrar una buena escuela para Manuel. En Cataluña habíamos tenido mucha suerte con las dos escuelas que nos tocaron en suerte para él: tanto en Salt como en Besalú no elegimos la escuela, lo inscribimos en la que nos tocaba por barrio o localidad, y en los dos casos lo/nos trataron inmejorablemente bien, cosa que fue una gran apoyo para mí en los años catalanes sin familia cerca. Volver a Buenos Aires implicaba una enormísima gama de escuelas posibles, y ¿cómo elegir, después de tantos años fuera, sin haber tenido mis años de madre en Argentina, donde habría podido conversar con otras madres sobre escuelas posibles? ¿Cómo elegir una escuela?

Lo que hice fue estudiar concienzudamente el buscador de escuelas del gobierno de la ciudad, y empezar por las escuelas cercanas a donde viviríamos, tratando de conservar algo que teníamos en España y vimos que era bueno: poder ir caminando a la escuela (cosa que yo no tuve en mi infancia y si no me hubiera ido de Buenos Aires tal vez nunca me habría planteado, pero habiendolo vivido me pareció una gran cosa). El siguiente gran parámetro fue ¿pública o privada? Siguiendo mi experiencia personal primero pensé en escuela privada, pero después me llegaron tantos comentarios buenos sobre las escuelas públicas y tantos malos sobre las privadas, más el hecho de que no sabíamos cómo viviríamos o sea que mejor no comprometerse con pagar una cuota que tal vez nos resultara demasiado cara, que decidí comenzar por las públicas. Un paso anterior fue descartar las escuelas religiosas, porque no practicamos ninguna religión, y las de las colectividades, por muy buenas que fueran, porque habiendo hecho vivir a Manuel una situación de bilingüismo escolar no me parecía buena idea volver a Buenos Aires y meterlo en otra escuela bilingüe diferente. Quedaba decidir si mandarlo a jornada completa (mañana y tarde) o simple (o mañana, o tarde), cosa que dejamos para más adelante según cómo se encaminaran nuestros trabajos, y cuando llegó el momento elegimos simple.

Desbrozado todo el terreno, hice una lista de escuelas por orden de cercanía e intenté conseguir referencias de alguna. Me habría encantado tener algún comentario de alguna madre que mandara a sus hijos a alguna escuela, y algunas conseguí, de amigas de Rubén, pero eran escuelas de jornada completa y sin vacantes. Lo que conseguí fue una lista de escuelas recomendadas por amigos de mi madre que trabajan en el sistema educativo y conocen las escuelas del barrio. Fui a ver las que pude y me encontré con que las escuelas públicas argentinas son en general muy cerradas, casi inaccesibles, y me resultaba desesperante elegir una escuela mirándola desde afuera. Algo tan lógico para mí como que si quiero inscribir a mi hijo en una escuela quiero poder entrar, verla por dentro, hablar con la directora o la maestra, ver a los futuros compañeros, para muchos era una novedad casi alienígena (lo mismo me pasó cuando estaba embarazada y me parecía tan natural querer conocer la sala de parto antes de parir y me miraban como si fuera marciana). Pero hubo una escuela de las recomendadas donde sus directoras nos atendieron muy bien, nos dedicaron mucho tiempo, nos contaron el proyecto escolar, etc. etc., y la escuela tenía muchas cosas que nos gustaban, así que elegimos esa para Manuel.

Empezaron las clases y aparecieron señales de alerta. Veíamos cosas que no nos cerraban, y recibimos comentarios de las maestras y maestros que indicaban que algo pasaba. Manuel no estaba mal, pero tampoco lo veíamos del todo bien. Me puse a buscar otra escuela pensando en cambiarlo al año siguiente, con la preocupación renovada de ¿cómo elegir? Porque si habiendo elegido con tanto cuidado encontramos problemas, ¿qué hacer para evitar los mismos problemas en la siguiente escuela? Cambiar a Manuel para encontrarnos con lo mismo hubiera sido un caso de "peor el remedio que la enfermedad". En eso estaba cuando  a mitad de año nos pareció que era mejor cambiarlo sin esperar más. Era viernes por la tarde y salí a buscar escuelas posibles deseando encontrar una ese mismo día. Tenía referencias de escuelas cercanas pero de jornada doble. Empecé por dos escuelas cercanas de jornada simple. Una la conocíamos un poquito poque el año pasado Manuel hizo un taller de ciencias, fui y me dijeron que había lugar, pero no me entusiasmó demasiado cómo me hablaron. Fui a la siguiente, una escuela de la cual no sabía nada de nada, nunca nadie me la había nombrado, y por lo tanto nunca le había prestado atención. ¡Y me encantó! Me recibió la vicedirectora, me pareció adorable, estuvimos un rato charlando y me pareció que valía la pena el cambio. Manuel empezó en la escuela nueva el lunes siguiente. El martes tuvo un momento de crisis y no quiso ir, y yo le insistí en ir hasta la escuela a charlar con la vice, estaba segura de que nos ayudaría, y así fue, nos atendió super bien y Manuel superó la crisis. Después conocí a la directora y también es adorable. La escuela está abierta de par en par, los padres podemos entrar con los chicos, escuchar las palabras de la directora que saluda a los chicos cada día y les da un discursito muy amable, y después nos saludan y nos vamos. Cuando fue el acto del 9 de julio, se me caían las lágrimas todo el tiempo, me dije que estoy hecha una reblandecida absoluta si lloro en un acto escolar, pero no podía parar. Creo que sentí que por fin podía darle a Manuel algo parecido a lo que yo viví de bueno en la escuela cuando era chica.


Todo esto me hizo acordar aquellas historias sobre reyes que consultan oráculos y sus respuestas los dejan iguales o los llevan a al ruina, la vieja eseñanza de que no sirve de nada una respuesta si no hicimos la pregunta correcta. Porque cuando yo preguntaba si alguien conocía "una escuela buena" y me recomendaron la primera que elegimos, evidentemente quien me la recomendó actuó de buena fe y considerando que esa escuela es buena, y no dudo de que sea buena, creo que sus maestras y directoras llevan adelante un gran trabajo y ponen mucho amor en lo que hacen. Pero no era "buena" para Manuel. Yo no buscaba una escuela "buena" sino una escuela "buena para Manuel", cosa que puede significar algo muy diferente.Y si la encontramos fue de absoluta casualidad.

De Viena con amor

Mis dos años como alumna de Patricia Ferro Olmedo me brindaron experiencias potentes y amistades indelebles, de esas que pueden no manifestarse por años y reaparecer intactas décadas más tarde. Entre ellas la de Mario Lepera, músico que vivió en Madrid mientras yo estaba en Cataluña pero no lo supimos hasta que él se mudó a Viena y yo me volví a Buenos Aires.
Le envié a Mario mi  póster de la entrada anterior porque más allá de mi curiosidad por saber cuánto puede difundirse, me pareció especialmente apropiada para él, que tanto luchó y lucha por hacer realidad su visión de sí mismo.
A la mañana siguiente me encontré con este hermoso mensaje:

Querida Marina, a raíz de este bonito mensaje que me enviaste he visitado nuevamente tu blog.
Por nostalgia quizás me detuve en Zona crepuscular, aquel libro que hace muchos anios me hizo reconsiderar (para bien) mi interés por la poesía :)
Cuando dices que no crees que haya copias en papel repartidas por el mundo pues yo te digo que sí, yo tengo una! :)
De pronto tuve un impulso creativo y te quiero proponer algo: me gustaría componer piezas de música instrumental inspiradas en poemas de Zona crepuscular. El anio pasado hice mi primera experiencia en componer música instrumental para un film que aun está luchando por ser finalizado y la verdad es algo que me gusta mucho hacer. Me gustaría hacer una prueba. Que te parece?
besos,
Mario.
P.D.: perdón por la falta de "enies". Mi nuevo ordenador con teclado alemán tiene la ventaja de tener las ä, ö, ü y ß pero le falta la enie. :(

Me emocionó, me alegró inmensamente el día, y le contesté que por supuesto, adelante con todo, ¡bienvenida la música y lo que quiera!
A continuación recibí este segundo mensaje que me emocionó más todavía:

Gracias querida Marina!
he hecho una selección espontánea de los poemas con los que me gustaría experimentar.
La lista es la siguiente:
El agonista
La errante
La hondonada
La caldera
Sin brindar
Zona crepuscular
Primer movimiento
Segundo movimiento
Epílogo

La idea no es musicalizar los poemas sino crear piezas instrumentales a partir de lo que los textos me inspiren.

Quiero que sea instrumental por lo siguiente: tus poemas sugieren una percepción silenciosa y sensible de lo cotidiano. Encuentras poesía en lugares y situaciones que la mayoría pasamos por alto. Esas situaciones muchas veces no tienen que ver con la palabra sino con observar, como un espectador dispuesto a dejarse sorprender, lo que ocurre en tu mundo. Con esa actitud quiero abordar los textos para responder a ellos con música, del mismo modo que tu reflejas tus experiencias y observaciones con palabras...

Esto que escribo es absolutamente subjetivo, pero tiene sentido para mí :)

Me encantaría que si la música que surja nos gusta, llevemos esta experiencia a otros planos creativos :)
Maniana me voy a Obertauern hasta el miércoles próximo. Luego, del 19 al 22 estaré en Milán. Entre viajes iré componiendo cosas y en la medida que vaya teniendo algo definido te lo iré mostrando.
Una vez más: Gracias! :)

Le pedí permiso para copiarlos completos, porque me parecen tan hermosos que quiero compartirlos pero no puedo resumirlos ni comentarlos, hablan por sí mismos. ¡Estoy feliz!


An audio/visual creation intended to be presented at public art spaces as a video presentation/installation.
Inspired by the popular saying "the eyes are the windows of the soul", I filmed the eyes of 18 people (including myself) and also the eyes of my dog, with a mobile phone. 
I used the resulting collection of images as inspiration to compose a piece of music and later I integrated the music and the video-shots in a video-editing software. 
The eyes say a lot about us, without words, in a non-intellectual way. 
That is what I tried to portray. 



Dejé la entrada escrita días atrás y antes de publicarla se la mostré a Mario por si quería modificar algo, y en el interín me sorprendió enviándome el demo de los dos primeros poemas, ¡tan solo 5 días después de haber tenido la idea! Realmente me tomó muy de sorpresa, porque otras veces en el pasado hemos hablado con amigos sobre la posibilidad de intercambios así, y por lo general quedaron en la nada, más allá de la buena voluntad de cada uno. Y los dos demos me emocionaron tanto que se me cayeron las lágrimas mientras los escuchaba. Mario dice que se siente un medium haciendo esto:
A mí me hace feliz este tipo de poceso creativo porque me siento como un médium... no elaboro esto demasiado, simplemente me dejo influenciar por la fuente (en este caso los poemas) y luego abro la puerta para que se manifieste una respuesta con sonidos...

Música y videos: Mario Lepera.

Una frase de póster

Estaba escribiendo en mis cuadernitos introspectivos reflexionando sobre algo que viví hace poco y sus consecuencias y me salió escribir esto: "... ese lugar me lo di yo misma, me lo gané, lo construí y me permito habitarlo". Inmediatamente vi la idea con forma de frase:

No basta con construir los propios sueños, hay que permitirse habitarlos. 

Y me pareció una frase de póster, cosa que no la invalida, me sigue pareciendo verdadera y sugerente, pero así formulada entra en el género del póster. Algo así decía Bajtin: estamos atravesados por géneros discursivos, nuestras palabras se amoldan a ellos, porque tienen que caer en algún género (ya veo que tengo que releer a Bajtin para  poder explicarlo mejor). Y mi idea se convirtió en póster.

Tan de póster me pareció que me dio ganas de meterle una foto abajo, y cuando imaginé la frase con foto  me sonó parecida a otras que he visto en tanto lados, por lo tanto exportable, como tantas otras frases que se desprendieron de su dueño y texto de nacimiento como una hoja otoñal y se nos aparecen en lugares por demás disímiles. Me dio ganas de lanzarla al mundo a ver qué pasa, me la imaginé danzando por el éter informático quién sabe hasta dónde, de pantalla en pantalla, hasta verla llegar a mis ojos por algún vericueto inesperado. (Hace muchísimos años atrás se nos había ocurrido lanzar a correr una "leyenda urbana" totalmente inventada, a ver cuánto tardaba en dar la vuelta y que alguien nos la vuelva contar asegurándonos que le había pasado a su primo cuando sabíamos que la habíamos inventado... pero ganó la fiaca y jamás hicimos el experimento. Lo bueno de internet es que uno puede invertir muchos menos minutos en probar algo así.)

Así que puse en marcha la prueba. Hice el póster, y para empezar el experimento lo metí en mi muro de feisbuc y lo compartí en el muro de algunos amigos. No sé si conviene el feisbuc o un pps por mail para mi experimento, pero me resisto al pps, que lo haga otro. Ser transformado en pps anónimo es casi lo mejor que te puede pasar para ser difundido a esta altura de la vida moderna, pero no me caen simpáticos.

Un solsticio prometedor

Brevemente: ¡hoy cumplimos un año de retornados!
Y quiero festejar y hablar de lo que siento, pero tengo tantas cosas impostergables que hacer en estas horas que me resulta imposible ponerme a escribir como quisiera, menos aún salir a parrandear.
Dejo nota al paso acá, prometiendo volver (como la murga).
Estaba todo empantanado y en los últimos días se empezó a mover. La Negra dice que es así porque ahora es el Año Nuevo: para los pueblos originarios (linda forma moderna de hablar de la gente de acá) el año nuevo es en el solsticio de invierno, eso de que el año empiece en el verano es "importado", me dijo la Negra. Me parece muy acertado, se parece a lo que dice el I Ching sobre el invierno: cuando todo parece muerto en realidad se está gestando la nueva vida. Todo estuvo estancado los últimos meses, y de golpe justo antes del solsticio todo empezó a fluir, y sigue moviéndose vertiginosamente. Tal como hace un año dimos el gran paso. Y hoy celebramos haber vuelto a casa y estar en familia.