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Amor a primera vista

Toda mi vida me sentí por igual fascinada y negada para la música: me provoca un montón de cosas, pero la percibo primitivamente, como un misterio impenetrable. Me doy cuenta de que en la música hay mucho más que lo que yo puedo distinguir cuando veo cómo otros hablan de lo que pueden escuchar y yo no, y eso de lo que hablan me resulta inaccesible. Sin embargo la música me acompaña profundamente. Y no debe de ser casual que los hombres que me atraen son músicos (Los músicos lo escribí hace veinte o veinticinco años, y se fue confirmando con los años) o al menos tienen una inclinación musical que desarrollaron más o menos; incluso los que a primera vista no parecen músicos, algo tienen.

Cuando era chica estaba fascinada por el piano, me habría encantado aprender a tocarlo, pero no hubo ninguno cerca, es posible que yo ni siquiera se lo haya dicho a mis padres, y además quién sabe, tal vez tampoco habría podido aprender ni siquiera tomando lecciones. Aprendí a tocar la flauta dulce como cualquier escolar porteño de por entonces, y cuando terminé la primaria la abadoné. Mi siguiente acercamiento musical fueron las clases de Patricia Ferro Olmedo que mencioné hace poco; por entonces tenía treinta años, y también me confirmaron que no lograba escuchar lo que otros escuchan y que parece necesario para poder tocar o cantar con soltura, y las clases derivaron hacia la interpretación de mis poemas, que había sido mi objetivo inicial.

Conocer a Rubén me aportó otro acercamiento a la música, porque él es ultraintuitivo y antiacadémico y tiene una postura ante lo musical que es liberadora. Rubén es un embellecedor musical, cualquier cosa que toque queda embellecida con su aporte. Gracias a él, a vivir como vivimos en las sierras de Córdoba, a Manuel, y a mi evolución personal, logré liberar mi voz y cantar, cantarle a Manuel bebé para que se duerma, y cantar unos cantos informes, experimentales, que me hicieron mucho bien, y que Rubén aprovechó para musicalizar mis Sirenas, cosa que me resulta un milagro digno de Lourdes: que mi propia voz ilustre mis sirenas es semejante a que un paralítico vuelva a caminar.

Desde que vivo con Rubén estoy rodeada de instrumentos por demás diversos, y alguna vez me dio por juguetear con alguno, pero nunca prosperó más que unos minutos aislados. En Córdoba nos habían prestado dos kalimbas africanas y las toqué con gran placer: lo bueno de las kalimbas es que cualquier cosa que uno haga con ellas suena bien. La kalimba podría ser mi instrumento, y Papá Noel se dio cuenta y me regaló una hace años, pero quedó en la habitación de Manuel y casi nunca la toco. Vivo con un guitarrista y profesor de guitarra excelente pero la guitarra es un instrumento sumamente complejo como para animarme a empezar a estudiar guitarra a esta altura de la vida.

Días atrás Rubén trajo a casa un ukelele que le prestó un amigo. Para los que no lo conozcan, parece una guitarra chiquita, muy chiquita, con cuatro cuerdas. Yo no sé qué me pasó, pero fue algo nuevo. Sólo puedo asimilarlo al amor a primera vista. Me dio ganas de tocar el ukelele, y lo agarré y fui feliz. Rubén me alentó, me dijo que es un instrumento muy amable, que puedo aprender, que empiece así, jugando con las cuerdas todos los días, y me dijo un par de cosas sobre rasguear y cómo poner los dedos. Eso hice, tocar cada día (hace poco que está con nosotros, ¡espero que no tenga que devolverlo enseguida!). Es muy extraño cómo me siento. Me da ganas de tocarlo todo el tiempo, todos los días. ¡Le doy besitos! (al ukelele). Me despido de él antes de irme a dormir. La primera vez que lo toqué le dije a Rubén "es como tener a un bebé" (me refiero a tenerlo en brazos, no a "tener" por "parir"). Me gustaría tener uno mío y aprender. El ukelele sí me parece posible, no como para tocar ante nadie pero sí para tocarme a mí misma y ser feliz.

Mi querida cuñada (¿o es concuñada?) cordobesa me habló de una disciplina corporal que se hace en Buenos Aires y me gustaría hacer alguna vez que se llama "terapia antigravitacional" y consiste en colgarse de unos arneses y ponerse cabeza para abajo. Según ella, esta posición antinatural ayuda a limpiar todo el organismo; cuando nos lo explicó, hizo el gesto de sacudir una botella con líquido invirtiéndola rápidamente para mezclar lo que está en el fondo, y nos dijo que lo mismo pasa con nosotros al estar invertidos, todo lo que puede estar obstaculizado se destraba y fluye, y eso limpia. Me encantó la idea y quiero hacer en cuanto pueda, me da la sensación de que ponerme de cabeza aliviaría muchísimo mi espalda. La cuestión es que siento tan diferente mi estar en el mundo que me pregunto si no habré tenido alguna terapia antigravitacional mental invisible, porque mi cabeza parece haberse dado vuelta completamente. Y mi amor por el ukelele parece una muestra más de esto.

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