Finales

Tantas historias de amor literarias o cinematográficas que han cocinado nuestro cerebro desde nuestra infancia narran más o menos esto: el encuentro de dos personas a partir del cual por lo menos una de ellas siente que la otra es algo especial en su vida, y las más o menos peripecias que viven hasta que esta intuición inicial se hace evidente para todos. Entonces, la obra termina. La continuación de la historia queda a cargo nuestro.

Una obra artística que dura en el tiempo necesariamente tiene que resolver de una u otra manera su final. No pasa con las obras "instantáneas", que se presentan a nuestros ojos en su totalidad en el mismo instante temporal, como por ejemplo un cuadro, una escultura, una instalación, etc. Pero sí pasa sobre todo con las obras literarias (incluyendo el teatro) y cinematográficas, y también con las obras de danza, etc. Cualquier cosa que dura en el tiempo tiene un inicio y un final. Incluso obras extremas como la película Sleep de Andy Warhol que dura seis horas en las cuales lo único que se ve es un hombre durmiendo, necesariamente en algún momento se acaba, y en algún sentido el final organiza la lectura de una obra (esto no es original mío, lamentablemente no tengo las otras 4/5 partes de mi biblioteca conmigo, porque tenía un libro muy bueno que se llama El sentido de un final, de Frank Kermode si recuerdo bien, que habla de esto en literatura).

Otro ejemplo extremo: una vez vi en el Centro Cultural Gral San Martín de Buenos Aires una obra de John Cage cuyo nombre no recuerdo, durante la cual se veían en el escenario distintos elementos (músicos con sus instrumentos, cantantes con sus partituras, creo que también alguien escribiendo a máquina, etc) y cada uno de estos "elementos" hacía un pequeño conjunto de movimientos y sonidos; según la explicación del programa, Cage no había escrito detalladamente una partitura, sino que había escrito una serie de indicaciones para que cada uno de los "elementos" improvisara su parte como le pareciera bien. El conjunto, para mi percepción desacostumbrada a Cage, era de un gran caos. Todo parecía desconectado entre sí, por lo tanto no había de qué agarrarse, no había nada que marcara la evolución de la obra, y me daba la sensación de que podía acabarse en cualquier momento o bien durar eternamente. Un poco asustada me pregunté "¿durará mucho esto?". Y en eso me di cuenta de que en el escenario había un reloj digital, bastante grande y visible, que iba contando los minutos; recordé que el título decía algo sobre o hacía pensar en 60 minutos, y me dije aliviada: "aah, dura una hora". Efectivamente, cuando el reloj marcó 60, la obra terminó, desde mi punto de vista igual a como había empezado 60 minutos antes. Bueno, incluso en este caso extremo, el final organiza la cuestión: el hecho de plantearse una cuestión formal y proponerse que dure 60 minutos da un sentido de lectura al todo.

La cuestión es que en nuestras vidas el único final real e ineludible es la muerte. Y sólo nuestra muerte personal, no la de las personas que nos rodean, porque incluso ante la situación extrema de que haya una catástrofe mundial y quede sola en el planeta, mientras yo siga viva mi historia no se acaba, en cambio si muero mañana mismo mi historia (la mía, no la de quienes me conocen y me añoren) habrá terminado. Por lo tanto las relaciones humanas no tienen un final mientras estemos vivos. Y las historias de amor, después del momento en que la situación inicial del enamoramiento es reconocida y aceptada por los implicados, continúan, y derivan en otra cosa.

Pero desde muy chicos nos rodean narraciones de amor que terminan cuando en la realidad todo empieza, y ese momento que en la realidad es mutante, en la ficción queda congelado y prolongado eternamente. Es como los cuentos de hadas: "se casaron y comieron perdices y vivieron felices". Y ya está, no hace falta contar más.

Me puse a pensar en esto después de ver Antes del atardecer (Before Sunset), la continuación de Antes del amancer (Before Sunrise), una película que vi hace muchos años en el cine y me gustó mucho. Si alguien no vio las películas y cree que alguna vez podrá verlas con placer, que no siga leyendo, porque necesariamente tengo que contar el final de las dos para hablar de lo que quiero.

Antes del amanecer
narra la historia de dos jóvenes de 23 años (un joven americano y una joven francesa) que se conocen en un tren y deciden pasar juntos 24 horas vagando por la ciudad de Viena, sin objeto alguno, sólo pasarlo bien, y después cada uno continuar su camino. Durante esas horas juntos por supuesto se enamoran y cuando llega el momento de despedirse se confiesan que quieren volver a verse, y se ponen de acuerdo en encontrarse en el mismo lugar seis meses más adelante. Aquí termina la película. Es hermosa, está muy bien actuada, los diálogos son maravillosos (recuerdo que cuando la vimos hace 15 años dijimos que cada uno de los personajes había dicho en algún momento de la película una frase igual a cosas dichas por amigos nuestros), y la ciudad de Viena tiene un homenaje plástico inolvidable. Queda en cada uno continuar la historia como quiere: ¿se vuelven a encontrar 6 meses más tarde o no?

La continuación nos da la respuesta: él sí volvió a la segunda cita, ella no por una razón de peso incuestionable, y como se habían separado sin darse ningun dato el uno del otro, ni nombre completo, ni dirección ni teléfono, no pudieron comunicarse. Cada uno siguió su vida sin el otro, y él escribió una novela donde cuenta su encuentro, se hace famoso, está de gira por Europa promocionándola, y en el último día la encuentra a ella, que leyó la novela y se acerca a saludarlo. Otra vez pasan unas horas juntos, esta vez paseando por Paris, otras vez los diálogos les permiten sincerarse y conectar, decirse lo que cada uno fue para el otro esos nueve años aunque no se hayan vuelto a ver, lo que significó aquel encuentro fugaz en la vida de cada uno, y al final están juntos en la casa de ella, él a punto de perder el avión que lo devuelve a su hogar en América, a su mujer que no ama y su hijo que sí adora, y la película termina. Todo da para pensar que él pierde voluntariamente el avión para no perderla a ella por segunda vez, pero esto no se ve.

Retomando el topos as time goes by de hace un año (se ve que este tipo de reflexiones me da para la misma época), si hubiera visto estas películas a los 20 años (a la edad de los protagonistas de la primera parte) habría deseado con toda mi alma que se volvieran a encontrar, con la certeza de que juntos está todo bien, y me habría parecido una tortura insoportable los 9 años sin verse; si las hubiera visto a los 30 (a la edad que tienen los protagonistas en la segunda parte, a la edad en que yo vi la primera) habría pensado que la magia del primer encuentro estaba en la brevedad, y que ya nada podría repetirlo; y ahora que las veo a los 40, me digo: ok, él pierde el avión, ella deja a su novio, ¿y después qué? uno, dos, tres meses o años más tarde, el fulgor inicial se transforma en otra cosa, es sólo cuestión de tiempo.

Pero no es esto tan obvio lo que me está dando vueltas en la cabeza, sino otra cosa: cómo nos marcan los finales de las obras que vemos o leemos, cómo también leemos nuestras vidas como si hubiera finales, cuando en realidad no los hay.


2 comentarios:

Fernando Broncano dijo...

Hola Marina: muy bello comentario, y mucho más el final. La verdad es que la diferencia entre una tragedia y una comedia, es que la primera necesariamente termina: está ordenada a un mal final, la comedia no: siempre continúa, es descubrir que la vida es juego. Y que sólo la muerte es tragedia.

gotamarina dijo...

Hola Fernando, gracias por tu comentario! Siempre te leo con placer e interés. Un abrazo, m.