La múltiple fragmentariedad del hielo

La entrada anterior la logré redactar hoy, pero la idea inicial la tuve hace 15 días. Y anoche volví a citar a Walser cuando le escribía a mi amigo y cuando chateaba con mi hermana, porque dentro de pocos días me voy de viaje por dos semanas, pero ahora más que pensar en las dos semanas después del regreso que tardaré en aterrizar (tal vez más, intuyo, en esta ocasión), siento que mi cabeza ya empezó a viajar dos semanas antes de despegar.

Como Rubén y Manuel se fueron de viaje exactamente dos semanas antes de la fecha en que me iré yo, mi rutina diaria está totalmente alterada (lo único que sigue igual es mi trabajo, salvo eso todo lo demás es distinto), y todos los días me conecto con "allá" para tratar de hablar con ellos, pendiente de cómo están. Además hizo mucho mucho frío y estuvo muy nublado y me encerré en casa después del trabajo, en un limbo mental poco acogedor, del cual recién anoche empecé a salir. Y me fui dando cuenta de que mi cabeza ya había empezado a viajar por su cuenta... primero sentí que la mitad de mi cabeza estaba "allá", después sentí que lo que estaba "allá" eran ya tres cuartas partes... mientras mi cuerpo sigue acá. Algo un poco incómodo, pero tengo la esperanza de que el 24 cuerpo y mente vuelvan a juntarse, y espero que cuando mi cabeza termine de llegar sea más o menos en el mismo momento en que mi cuerpo esté aterrizando, y que no nos desencontremos en Ezeiza, si no estaré lobotómica vaya a saber por cuánto tiempo. Un caso curioso para el problema mente-cuerpo, pero Diana me demostró anoche que ser cartesiano es una cuestión de edad, así que me quedo tranquila.

Después de esta semana de muchísimo frío y nubladez total, hoy sábado amaneció soleado, aunque todavía helado (el termómetro que tenemos en el jardín, que está en una pared donde no suele dar el sol, a las 10 de la mañana marcaba 2 grados bajo cero). Me encasqueté gorro, guantes, bufanda y anteojos de sol (con lo cual pocos centímetros de mi cara quedaban a la vista) y me fui a pasear por el pueblo como despedida, y para atrapar el sol que pudiera. En el centro había un espectáculo infantil prenavideño, como de costumbre a un volumen desorbitado, así que para huir del bullicio me fui para el río, y luego por el camino que pasa entre el río y los huertos. Atraída por el sonido del agua me adentré por un sendero que iba del camino hasta la orilla, más largo de lo que pensaba, que había quedado fuera de la luz del sol, porque sendero y plantas y rocas y todo lo que estaba por ahí estaba cubierto de escarcha: miles de pequeños puntos de luz, minúsculas gotas de hielo que reflejaban el sol y hacían brillar el camino.

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