Plácido domingo

Hace unos días que disfrutamos en medio del invierno de un delicioso clima primaveral. ¡Cómo se agradece! Con un tiempo así es imposible estar mal. El sol cura todas las penas ( y yo me vuelvo helioteísta como Manuel).

Hoy domingo Manuel y yo nos fuimos a pelotear con su pelota nueva. El campo estaba lleno de verónicas y, no sé cómo ni por qué, había olor a regaliz.

Ayer le compramos a Manuel zapatillas nuevas y pelota nueva. Hoy a la mañana estaba tan entusiasmado que por primera vez alteró el ritual matinal de los fines de semana.

Uno de los mejores momentos de cada semana para mí (con ironía digo que es EL mejor momento) es cuando cada viernes desconecto el despertador y sé que por dos días no tendré que despertarme a las 6 de la mañana, y con suerte a ninguna hora en especial. ¡Me encanta despertarme sin despertadores! Por eso los fines de semana dejo que sea Manuel quien me despierte. Por lo general cuando él me viene a buscar a la cama yo todavía tengo sueño, así que él se mete en la cama y remoloneamos juntos un rato más. Nunca logro levantarme apenas me despierto, por eso de lunes a viernes pongo la alarma del despertador un rato antes de lo estrictamente necesario para poder remolonear. Cuando me viene a buscar Manuel también me resulta imposible levantarme apenas él aparece a mi lado de la cama.

Hoy Manuel me vino a buscar pero lo primero que me dijo fue que no podía meterse en la cama, porque ¡mirá! y me mostró que en vez de ponerse las pantuflas se había puesto las zapatillas nuevas porque, me dijo, tenía muchísimas ganas de estrenar su pelota.

Y así volvemos al campo de verónicas con olor a regaliz y un delicioso sol pseudoprimaveral en un cielo sin nubes.

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