Cómo robé El amenazado ante los ojos de mi psicóloga

En mi primera juventud y aún más lejana adolescencia tenía el hábito de visitar a una psicóloga llamada Élida. Durante varios años (salvo lapsos, omisiones o vacaciones) la visité una o dos veces por semana, siempre a la misma hora y los mismos días de la semana, como un programa de la tele. Nos sentábamos cara a cara en sillas de madera con una mesa escritorio entre nosotras, y conversábamos.

El escritorio era de madera oscura y tenía en la parte superior un vidrio del mismo exacto tamaño. Entre el vidrio y la madera había postales en distintas orientaciones y un poco torcidas (después descubrí que esto es bueno para el Feng Shui, pero no sé si Élida lo tenía en cuenta porque en esa época se hablaba poco del Feng Shui). Las postales eran en su mayoría reproducciones de cuadros, muy coloridos, había algunos de Dalí recuerdo, y entre tanta imagen había una fotocopia, letras negras sobre fondo blanco grisaceo de fotocopia, orientada siempe hacia mí, no hacia Élida, donde se leía el siguiente poema de Borges:

El amenazado

Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.

Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única. ¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras, la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad, las galerías de la Biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor de los sueños?

Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.

Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.

Es, ya lo se, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.

Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.

Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.

Ya los ejércitos me cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)


El nombre de una mujer me delata.

Me duele una mujer en todo el cuerpo.

Jorge Luis Borges

Yo tenía la costumbre de recorrer el borde de las postales con mi dedo mientras conversábamos. Me pasaba el rato dibujando rectángulos sobre el vidrio. Miraba mucho todo lo que había sobre ese escritorio: todo estaba siempre limpio, de la misma manera y en el mismo lugar. Y leía el poema. Y me gustaba mucho y quería copiarlo, quería tenerlo conmigo, pero vaya uno a saber por qué razón no quería pedirle permiso a Élida para dejar de conversar y tomarme un rato para copiar el poema tranquila. No sé por qué. Probablemente Élida me habría dicho que sí, y muy probablemente también habría hecho entrar esa anécdota en nuestras conversaciones, pero ¿y qué? Tal vez fuera eso lo que me hacía preferir no poner en evidencia mi deseo, o tal vez simplemente me pareció más divertido hacer las cosas de otra manera.

Porque para resolver el dilema (quiero copiar este poema pero no le quiero pedir nada a Élida) lo que hacía era memorizar en cada encuentro un verso, y al salir de mi visita escribirlo para no olvidarlo. Hubo algunos versos que me llevaron más de un encuentro el memorizarlos, sobre todo la enumeración del comienzo me costó trabajo, una vez que pasé ese escollo el resto fue más fácil.

Conversábamos, y en algún momento yo me quedaba callada con la vista fija en el poema o no, y cuando hacía eso Élida tenía la costumbre de preguntarme siempre de la misma manera "¿en qué te quedaste?" y yo algo le decía. A veces me había "quedado" en algún vericueto neuronal mío, algún recuerdo, alguna asociación de ideas, pero muchas otras veces estaba en mi tarea silenciosa de memorizar parte del poema para poder sustraerlo del escritorio y llevarmelo dentro de mi cabeza.

No sé si Élida se dio cuenta alguna vez, que yo recuerde nunca mencionó nada sobre esto. O esperaba que yo se lo dijera algun día, o nunca se dio cuenta de nada. No creo que el azar de internet la lleve a caer en mi blog, pero si así fuera algún día, Élida, he aquí mi confesión sobre algunos de esos silencios en los que caía mientras estábamos juntas. Robé mentalmente el poema delante de sus ojos como si fuera una travesura divertida, y por eso le tengo un enorme cariño a este poema.

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