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Apago la luz. Y me quedo con él. Imagino que todas las teorías psicopedagógicas en boga en la actualidad, con el Dr. Estivill a la cabeza, pondrían el grito en el cielo porque con 6 años todavía yo me quedo con él cuando se duerme. Pero me resisto a perderme este momento. Nos quedamos en silencio uno al lado del otro. A veces quiere que le dé la mano, a veces no. A veces me pide que lo abrace, otras no. Esta despierto, y un momento más tarde está dormido. Y yo, que estoy a su lado esperando, percibo exactamente cuándo se duerme, aun sin tocarlo, sin verlo, aunque esté pensando en otra cosa, aunque yo misma me esté quedando dormida. Lo percibo con el cuerpo, en mi carne, más que con mis sentidos. Es un abandono que me sobreviene, y de pronto me encuentro deslizándome por el sueño, más o menos lejos de la vigilia según el día, y sé que si yo ya estoy entrando en el sueño es porque él también ya está adentro, y ahí retorno a la vigilia y compruebo que sí está dormido. Y me inunda una paz única, mezcla de tranquilidad y emoción, me siento una privilegiada por poder acompañar el momento en que un ángel se queda dormido, me siento tocada por su inocencia, en paz con el mundo y conmigo misma, mejor en el universo. Me quedo un rato escuchando su respiración, disfrutando ese momento, siempre me quedo un poquito más, no sólo por estar segura de que duerme bien, sino sobre todo por disfrutar yo mi momento mágico de cada noche.
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