"Te voy a contar un chiste que inventé yo, muy cortito: ¿cuántos meses pueden entrar en un mes, en el interior de los meses? ¡Cero! Porque no puede haber un mes adentro de los meses. Es un chiste, ¿no? porque es muy divertido."
Hace muchos meses, casi un año, dieron un ciclo de cine de animación en el pueblo y fuimos con Manuel las tres veces. Había muchas películas lindas, pero las que mejor pudimos recordar fueron unas tituladas Contes celestes de David Gautier e Irene Iborra Rizo. Son una serie de películas protagonizadas por el Sol o la Luna o las Nubes, quienes desde su altura celeste se alegran o entristecen por las cosas que pasan en la Tierra y en el Mar, y cuando algo no les gusta, intervienen. Las pudimos recordar porque vimos las cinco o seis que existen, y gracias a ver repetida la presentación tantas veces y a que el nombre de los autores es más fácil de recordar para mi mente latina que un nombre polaco o checoslovaco, al volver a casa pudimos buscar autores y obra en internet. Son muy lindas, y acá les dejo una de muestra.
"me alegro que te sientas feliz en tu casa, con tu gente y en ese lugar, sigo leyendo tu blog, que suerte que lo hiciste!!!! te quiero y extraño, me voy a dormir, mañana vuelve la rutina de las 7 oclc!! bestotes fuertes.
Algo que pasa entre las personas. De lo que puedo hablar: algo que me ha pasado a mí en contacto con otra persona (hasta ahora, y sin que la repetición siente precedente, la otra persona siempre fue un hombre). Un encuentro de miradas que es un encuentro de ánimas presagiando un encuentro de cuerpos.
En el año 94 intenté describirla con este poema:
La mirada
Hay veces que un hombre me mira y sé que le gusto. La mirada es idéntica sin importar los ojos de donde proviene los rasgos que la enmarcan. Requiere hondura. Inunda. Desahoga. Con los años aprendí a no responder si no tengo ganas. Entendí que a veces soy yo la que mira, ..............................un hombre el que se entera o no responde.
A veces la mirada nace instantáneamente mutua. Imposible decidir quién empezó.............la respuesta urge unánime de cuatro ojos. La mirada entonces cobra cuerpo se magnetiza es un astro con su cenit y su nadir un animal con sus propias leyes de extinción.
El día que logre describirla me gradúo de escritora.
Pero no fue ése mi primer intento, casi diez años antes había escrito esto, en ese entonces pensando en el hombre con quien vivía la mirada:
Ante mí tenés el poder de cambiar la órbita de los planetas, alterar el ritmo de las estaciones, tenés el poder de revertir el Big Bang y que el universo se concentre en un punto: el exacto punto en el cual nuestras miradas se encuentran, chocan, y se funden. Si nos miramos el mundo deja inmediatamente de existir. Sólo veo un linde borroso más allá de vos, las brújulas nos señalan, y el polo magnético de la tierra ya no está donde debiera estar sino en el cruce de nuestras miradas.
Mirando para atrás (si es que el pasado está atrás), ahora veo que fue la mirada lo que me juntó al Hombre Que Me Dio Mi Primer Beso (no puedo decir mi primer novio, porque nunca fuimos novios) pero en ese momento era tan inexperta, por no decir caída del catre, que no me daba cuenta de lo que estaba viviendo (aunque parezca increíble, el famoso Primer Beso me tomó de sorpresa). Fue más tarde que empecé a reconocer La Mirada y su influjo.
Siguiendo con el topos as time goes by, a los veinte (cuando escribí el primer texto) el poder de La Mirada era tal que me hacía sentir capaz de ir hasta el fin del mundo persiguiendo sus promesas. A los treinta (cuando escribí el poema) había vivido bastantes instancias distintas de La Mirada como para poder generalizar, abstraer coincidencias, y reconocer su órbita. A los cuarenta me reencuentro con La Mirada: una vez más me asombra lo idéntica que es a sí misma (se dé con un recién conocido o con un antiguo reencontrado), pero también ahora veo que La Mirada es autónoma, ajena a quienes la vivimos, y ajena, también, a sus presagios.
Por azar o destino encontré en una librería de Buenos Aires una edición nueva de La niña que iluminó la noche, de Ray Bradbury, con las mismas ilustraciones de Juan Marchesi del libro que teníamos en casa cuando yo era chica. Gozosa, lo compré para Manuel, porque ya le había hablado del libro meses atrás y me pareció un milagro encontrarlo, y para más en una edición igual a la que yo tenía. Es un solo cuento que en mi infancia me parecía extraño, enigmático y subyugante, y que ahora leo como un poema; y las ilustraciones formaban parte del misterio cuando lo leía de chica. Anoche se lo leí a Manuel por primera vez, y tuve que parar entre frase y frase porque la emoción se me subía a la garganta y casi no podía hablar sin que temblara mi voz.
En este viaje Manuel descubrió a Mafalda, y gracias a él me puse a releerla, divirtiéndome como cuando era chica. Nos trajimos cuatro de sus libros, también reeditados en el mismo formato, su interior intacto, supongo, aunque no sé si por estupidez editorial o problemas legales no conservaron las portadas originales que tanto me gustaban.
Nos volvemos a ver después de dos, cuatro, veinte años y, más allá de los cambios de escenografía o vestuario, nos descubrimos iguales a nuestro recuerdo. Como si los años transcurridos nos hubieran pulido, pero sin alterar ninguna fibra esencial. Con más arrugas, menos pelo, más panza o culo y menos pulgas, pero intactos. Intacta, incluso, La Mirada, cuando la hay.
(Una digresión: el Irlandés Errante dijo: ahora que te vuelvo a ver, me acuerdo de tu costumbre de mirar fijo. Me hizo acordar al Uruguayo Que Me Propuso Casamiento La Misma Noche Que Me Conoció, que dijo: no puedo mirarte, tu mirada es muy fuerte; pero no sé si se referían a lo mismo.)
Yo, que me sentí renacer tantas veces, que me sentí revolucionada y convulsionada hasta la metamorfosis, que me sentí diferente a mí misma, parida por mí misma, exploradora de regiones inaccesibles de mi propio ser, y al final del viaje reencarnada, que supuse que a todo el mundo le pasa lo mismo, me encuentro con amigos a los que no veo hace veinte años y los siento iguales a sí mismos. Nada de lo que dicen me sorprende, salvo, de tanto en tanto, algún detalle anecdótico. Por reciprocidad, supongo que a ellos les pasa lo mismo conmigo. Con algunos hablamos sobre esto y coincidimos. Como si lo que hubiéramos intuido cuando nos conocimos y compartimos nuestras vidas fuera lo fundamental, lo que nos hace saber que veinte años después vale la pena volver a verse.
Nunca creí en esencias, ni mía ni de nadie, pero parece que existen. Dejo a mis nuevos amigos filósofos, y a mi hermana también filósofa, la oportunidad de aportar lo que quieran sobre esto, pues estoy segura de que se han planteado interrogantes aún más fecundos y habrán obtenido mejores respuestas que las mías y míos. Yo, por lo pronto, sólo puedo narrar lo que siento.
A los veinte años nos sentimos listos para lanzarnos al mundo, a los treinta descubrimos que ya no valoramos las cosas igual que a los veinte, a los cuarenta nos descubrimos iguales a cualquier momento posible. Pero ¿qué sentiré a los cincuenta, a los sesenta, a los setenta?
El infierno de los vivos no es algo que será, hay uno, es aquel que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es riesgosa y exige atención y aprendizaje contínuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.
Palabras de Marco Polo a Kublai Kan, escritas por Italo Calvino en Las ciudades invisibles.
// Marina Pérez Muraro // Blog actualizado: cuentogotas // Librogs: Fábulas sensuales - Los cuentos de Matías - Tuc - La vie standing there - Zona crepuscular - Sirenas - El tercero //