Una mariposa

Estaba caminando por una vereda estrecha. De un lado había un seto alto como yo y del otro un gran camión estacionado. En el espacio entre uno y otro con holgura sólo cabía yo. Yo y una mariposa. Porque al entrar en esa especie de desfiladero apareció sobre mi hombro una mariposa grande, casi totalmente negra (o muy oscura) excepto por un festón blanco cerca del borde de cada ala. Era una mariposa mucho más bella que las que encuentro habitualmente; además, habitualmente, las mariposas no duran mucho a mi lado, rápidamente revolotean hacia otra zona. Yo creo que esta mariposa de hoy habría hecho lo mismo, pero de golpe se encontró metida en el desfiladero del seto y del camión, igual que yo, pero para más inri con mi cuerpo ocupándolo, más la coincidencia cósmica de que íbamos prácticamente al mismo ritmo. Ella intentaba adelantarme dando unas brazadas enérgicas en el aire, pero al instante y sin proponérmelo yo recuperaba la distancia con dos zancadas. Por unos segundos avanzamos juntas, en una compañía improvisada, efímera, y supongo que involuntaria de su parte, caminando y volando como si paseáramos al unísono; hasta que se terminó el camión, y ella, libre, se alejó.

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