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Por obra, según leí por ahí, de un urbanista francés inspirado cuyo nombre no recuerdo, Buenos Aires está llena de jacarandás en muchos de sus barrios, y cada noviembre su magia revive. En Buenos Aires tuve la suerte de vivir cerca de jacarandás en las dos casas en las que viví desde que me fui de la casa de mis padres, y cuando me fui de Buenos Aires me pregunté seriamente cómo haría para sobrevivir a su ausencia. En Valle Hermoso me enamoré de mis nuevas compañeras: la bignonia del jardín trasero, el áloe vera y el cedrón que le regalaron a Rubén, los ciruelos, damascos y durazneros, el falso membrillo o durazno de jardín (me dieron estos dos nombres como posibles) que se llenaba de flores fucsias en medio del invierno, y muchas más, y al dejar Valle Hermoso lamenté dejarlas. Hasta en Salt, suburbio urbanizado y sin gracia, había unos arbolitos con unas florcitas rojas a la vuelta de casa que pudieron acompañarme un poco. Y por supuesto ahora otra vez soy feliz con mis nuevas compañeras.
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Pero mi corazón sigue añorando jacarandás, y por eso mi alegría fue enorme cuando días atrás encontré en plena Barcelona dos cuadras llenas de jacarandás en flor (en pleno junio, claro). Fue como reencontrarme con viejos amigos en la otra punta del planeta, y si hubiera podido me habría quedado tomando mate bajo los jacarandás hasta que la última florcita hubiera desaparecido desintegrada en el cemento.
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2 comentarios:
Es grato ver cómo otras personas sienten lo mismo que tú, cuando tienen que abandonar la compañía de un árbol.
Ahora estoy lejos del mío...
Añorándolo...
Hola Makafu! Muchas gracias por dejar este comentario tan hermoso! Acabo de entrar a tu blog y leer tu entrada "Yo sin mi árbol azul" y dejé un comentario mío ahí, porque me pareció una gran coincidencia y me hizo muy feliz... Gracias! Te seguiré leyendo todo lo que pueda! Y que pronto puedas abrazar tu árbol querido...!!!
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