La luz solar en nuestros cuerpos, según Berthérat

Releí el libro de Thérèse Berthérat El cuerpo tiene sus razones, y esta vez no me reprimo: lo recomiendo ampliamente a todo el mundo, es hermoso y creo que puede hacer bien a quien sea que lo lea, más si además de leerlo se decide a hacer los movimientos que ella describe en su libro.

Ahora quería compartir con ustedes esta imagen de su libro:

"Dado que trabajamos durante todo el día y todo el año con luz artificial, no podemos contar con la rotación del sol para darnos referencias temporales. Además, como la luz no gira y, por lo tanto, tampoco la sombra, el cuerpo no se modela ya mediante el juego contínuo y natural de lo claro y lo oscuro. Nuestro relieve, nuestra tercera dimensión, nuestra presencia en el espacio resultan aplanados, reducidos. La luz artificial y siempre igual nos borra, nos aplasta. Nos priva de esa otra prueba de nuestra existencia: la sombra. En cuanto al movimiento natural de nuestro cuerpo hacia el sol, queda suprimido. Atrofiado así nuestro tropismo, perdemos una parte de nuestra "naturaleza", de nuestra vida vegetal y animal."

Me gustó mucho esta imagen de la luz solar pasando sobre nuestras cabezas, de este a oeste, modelando nuestro cuerpo, dándole su volumen. Me hizo pensar que si bien lamentablemente trabajo con luz artificial y sin ni una ventana, por lo menos tengo la suerte de vivir en un pueblo y no en una gran ciudad, porque en las ciudades los edificios altos y las calles estrechas hacen que perdamos aún más la referencia solar y su orientación; además de que en la ciudad estamos casi todo el tiempo en interiores.

Fotografía: Patricio Murphy

2 comentarios:

Josep E. Corbí dijo...

En Valencia, la gente piensa que si se asoma una nube, sopla el viento o chispea, ya hace mal tiempo. Yo insisto en que no, en que el viento, la lluvia y los cambios de luz me hacen sentir mi cuerpo y la cercanía de la naturaleza que la ciudad quiere dejar fuera y, sin embargo, se cuela por las rendijas. Se extrañan de que me guste caminar por las calles mientras diluvia para empaparme o acercarme a la playa cuando hay marejada para que el salitre ciegue mis gafas y golpe mi rostro. Sí, hay un molde de lo bueno. Un molde estable y nuestro cuerpo se deforma al amoldarse y, sobre todo, se entristece.

gotamarina dijo...

Tus palabras, Pepo, hermosas como siempre. Gracias por pasar por acá y dejar este comentario tan afin, pues estoy de acuerdo con todo lo que has dicho.