Un ángel llamado Laura

En mi búsqueda de fluidez corporal y alivio de mis dolores crónicos, no todo es esoterismo y terapias alternativas: también acepto y busco lo que tenga para darme la medicina tradicional y alopática. Como en el dispensario del pueblo casi cada vez que tengo turno con el médico de cabecera que tengo asignado me atiende alguien diferente, cada tanto pregunto al que me toque en suerte si puede hacer algo por mi espalda. En una de esas veces me tocó una mujer que me dijo que podíamos hacer una radiografía, y si no había lesión me podía derivar al Centro de Rehabilitación del Hospital de la comarca, pero, me dijo, poco hacen los rehabilitadores más que "enseñarme posturas" y cosas así, y lo decía con cara de "no te va a servir de nada". Yo le dije que quería probar lo que fuese, que aceptaba todo lo que pudiera existir, y que adelante con todo.

Después de cumplir los pasos burocráticos respectivos (radiografía, nueva consulta con el médico de cabecera que por una vez no había cambiado, consulta con la médica especialista en el hospital, y asignación de turnos de rehabilitación), llegué un martes a la tarde al Centro de Rehabilitación. Confieso que iba con poca fe, hasta tal punto que casi no voy. Por un lado la medicina pública en este país me resulta bastante deshumanizada, fría y poco comprometida con el paciente, por no hablar de su aspecto burocrático. Ningun médico toca a ningún paciente, atienden mirando el resultado del análisis en la pantalla de la computadora. Por otro lado tengo una larga historia en mi adolescencia de haber ido a hacer lo que entonces llamábamos terapia física, y si bien guardo un estupendo recuerdo de la fisioterapeuta que se ocupó de mí tantos años, porque era muy cálida y me trataba super bien, no tengo tan buen recuerdo de los métodos que empleaba, que trataban mi cuerpo, mi columna y por lo tanto mi espíritu como ladrillos rígidos. Y cuando muchos años después intenté volver a hacer algo así todavía en Argentina, me encontré con una persona tan desagradable y con un ambiente que me trajo tan malos recuerdos que no volví nunca más. Y, fundamentalmente, la medicina occidental institucionalizada dice que mi espalda ya no puede modificarse porque las vértebras están deformadas, y por supuesto no pienso aceptar esto mientras esté viva, por no perder mis esperanzas y porque me quedó grabada una frase del libro de Berthérat (El cuerpo tiene sus razones): En el cementerio todos los esqueletos se parecen, para explicar que incluso una persona con la columna totalmente deforme, al morir tiene la columna recta, porque sus músculos ya no ejercen presión sobre los huesos; por lo tanto, no eran los huesos el problema sino los músculos.

Teniendo en cuenta todo esto, imaginen lo agradable de mi sorpresa al encontrarme con una fisioterapeuta joven, muy hermosa, muy suave y agradable, que me preguntó montones de cosas, me miró de un lado y del otro, me contó cosas nuevas, y me explicó que las sesiones consistían en una parte de "tratamiento" y otra de enseñarme las posturas para que yo haga en casa todos los días unos minutos. Lo de las posturas va bien, pero lo mejor es que lo que ella llama "tratamiento" es maravilloso, porque con sus manos de hada, super suaves y a veces casi imperceptibles, fue tocando en estas sesiones distintos nudos de mi ser, aflojándolos; al punto que al salir de la tercera sesión, estaba en un estado tal de felicidad y confort que me sentía flotar en una nube. Este ángel había logrado desanudar mi nudo del pecho, aflojando una tensión muy antigua y cada vez más dolorosa. Me sentía tan bien, tan y tan bien, que todavía lo estoy disfrutando.

Y para mejor, salí de ahí y entré en el negocio naturista de la esquina para comprar yerba, y cuando iba a pagar mi vista cayó en un libro sobre los chakras. No era el mismo que había dejado escapar años atrás (véase Espalda y respiración, enero de este año) pero se veía igualmente interesante, y me dije que no me iba a pasar lo mismo por segunda vez, así que me lo compré.

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