Las medicinas de la naturaleza - Una contribución de la tía Clarissa

Años atrás (más o menos 5 o 6) descubrí en la casa de una amiga un libro que me llamó la atención: tenía en la portada un fragmento de un cuadro de Picasso, Dos mujeres corriendo en la playa, su autora era Clarissa Pinkola Estés, una mujer de quien nunca había oído nada, y su título era Mujeres que corren con los lobos. Supongo que lo que me atrajo fue la imagen de personas corriendo junto con los lobos, no huyendo de ellos, es decir la idea de hermanarse con lo ajeno, misterioso o peligroso, con lo salvaje; más la sensación de ímpetu que transmite el cuadro de Picasso, más el hecho de que hablara específicamente de mujeres. Me dio muchas ganas de leerlo pero no pude en ese momento; ya no me acuerdo si mi amiga me dijo que no me lo podía prestar enseguida porque lo estaba usando, o yo preferí no empezarlo porque ya me estaba yendo, no me acuerdo.

Años después (hace 2 o 3) otra amiga me comentó que estaba leyendo este libro. Como me había quedado en la cabeza le pregunté por él. Me dijo que sabía que le habia gustado mucho a dos amigas en común, pero que a ella la introducción y la conclusión le resultaron pesadas de leer, que le iba mejor la parte del medio, compuesta por cuentos e interpretaciones de los cuentos. Meses más tarde, cuando nos vimos en persona, mi amiga me trajo el libro y me lo dejó prestado en casa.

Y ahora el misterio de la lectura como viaje personal: el libro estuvo dos años en mi mesa de luz sin que yo pudiera leerlo. Intenté empezar en orden y, como a mi amiga, la introducción se me hizo ardua. Una vez lo hojée por el medio y leí uno de los cuentos, y lo que leí me resultó angustiante. En el medio se intercalaron otros libros que aparecían por necesidad o por casualidad, o para el Club de Lectura, o para Pan de humo, etc. En resumen, durante dos años manosée o ignoré el libro de Clarissa sin poder entrar en él, y hasta había llegado a pensar que no lo leería nunca, que no era para mí, que más me valía devolvérselo a mi amiga sin leer que seguir teniéndolo en mi mesa de luz al vicio.

Y finalmente, hace dos semanas, se dio el milagro de la comunión persona-lectura. Casi por casualidad me adentré en el libro dejando atrás la introducción (que entre una cosa y otra ya había terminado) y me recontraenganché leyendo. No sólo eso, sino que se dio el fenómeno de libro-que-cae-como-anillo-al-dedo, es decir leer el libro adecuado en el momento adecuado, que ya me pasó otras veces en mi vida, y es genial. Porque leer este libro ahora me está haciendo super bien, calzó justo con el momento de mi vida, me ayuda a curarme y crecer, y lo estoy aprovechando muchísimo. ¿Quiere decir que si no pude leerlo en estos dos años que vivió en mi mesa de luz es porque no estaba preparada para recibirlo como se merece?

No lo sé, pero ahora me está haciendo super bien. Hay muchas cosas que quisiera copiar para mí, pero por ahora lo que me pareció adecuado compartir con ustedes es este pequeño fragmento que parece que hablara de cuentogotas, parece dar la razón del camino secreto que construyo escribiendo este blog, y de paso es un buen consejo para todo el mundo:

Una vez traté a una mujer que se encontraba al límite de sus fuerzas y pensaba en el suicidio. Una araña que estaba tejiendo su tela en el porche le llamó la atención.
Jamás sabremos qué detalle del comportamiento de aquel pequeño animalillo rompió el hielo que tenía aprisionada su alma y le permitió recuperar la libertad y volver a crecer, pero yo estoy convencida no sólo como psioanalista sino también como
cantadora de que muchas veces las cosas de la naturaleza son las más curativas, sobre todo las muy sencillas y las que más tenemos a nuestro alcance. Las medicinas de la naturaleza son muy poderosas y honradas; una mariquita en la verde corteza de una sandía, un petirrojo con un trozo de hilo en el pico, una planta florida, una estrella fugaz e incluso un arco iris en un fragmento de cristal en la calle puede ser una medicina apropiada. La perseverancia es algo muy curioso: exige una enorme energía y puede recibir alimento suficiente para un mes con sólo cinco minutos de contemplación de unas aguas tranquilas.

Clarissa Pinkola Estés

Mujeres que corren con los lobos.

2 comentarios:

Fernando Broncano dijo...

Hola Marina, a mí me pasa también lo mismo con las películas: esperan ahí el momento de ser vistas, después de varios intentos, y hay un momento (también con los libros) que se produce esa comprensión/comunión que te cambia la vida.
Perdido ahora en la noche veo, de nuevo, Lost in translation, y por afinidad, siento que estoy ahí perdido.
Fernando

gotamarina dijo...

Hola Fernando, muchas gracias por tu comentario, me gustaría poder agregar algo con altura pero no se me ocurre nada, sólo que a primera vista esto tan fuerte de comunión con una obra a mí se me dio más que nada con libros; hubo películas que me marcaron y que recuerdo para siempre, pero con todo lo que me gusta el cine de todas formas creo que nunca sentí por una película algo tan fuerte como lo que sentí con ciertos libros, este fenómeno de "anillo al dedo" (y si lo pienso un poco más, a primera vista me da la impresión de que este efecto tan fuerte de "anillo al dedo" se dio siempre con libros que me han ayudado en mi "proceso de individuación", al decir de Jung, o sea que tal vez todo tenga que ver con psicología y no con estética).
Por otro lado leyendote me dan muchas ganas de ver las películas de Sofía Coppola (no vi ninguna todavía, hace años que por circunstancias de rutina diaria no veo cine).
Y finalmente, que lo que me da más placer es que te aparezcas por acá, porque te leo siempre y me gusta mucho lo que escribís en tu blog, si no comento más es por la misma falta de tiempo libre que me agobia siempre.
Un abrazo
Marina