Me siento del jet set

Cuando era chica los únicos duchadores que conocía eran los que están unidos a la pared con un caño rígido a una altura suficiente como para que el agua nos caiga desde más arriba que la cabeza no importa lo alto que uno sea. Pero en un libro de Tintín (teníamos la colección completa y los leí todos muchísimas veces) se veía al capitán Haddock bañándose con un duchador que parece un teléfono.


Este duchador-teléfono despertaba mi curiosidad, me preguntaba cómo sería bañarse con algo así, me daba muchas ganas de probarlo. En Argentina jamás me bañé con un duchador-teléfono, pero desde que vivo en España son la norma en todas las casas que veo y por lo tanto también en las que viví.

Ahora bien, la famosa manguerita que une el duchador-auricular a la pared, yo no sé por qué, resulta de mucha peor calidad que el caño rígido de los duchadores fijos. O por lo menos en todas las casas por las que pasamos tarde o temprano se terminan rompiendo.

No voy a enunciar ningún pensamiento novedoso, sino una verdad tan antigua como el agua: nada es absoluto en esta vida, todo lo percibimos por comparación. Alguna vez, hablando con Manuel, cuando él trataba de catalogar las cosas según categorías como “alto”, “bajo”, “cerca” , “lejos”, “grande, “pequeño”, etc, hablamos de que nada es así o asá en sí mismo, sino según con qué lo comparamos. Le animé a que encuentre algo que sea así o asá por sí mismo, sin compararlo con nada, pero no encontramos ningún ejemplo.

Y lo mismo pasa con el placer y el displacer: todo depende de la sensación anterior que nos embargaba. El calor o el frío, por ejemplo, no son absolutos ni siquiera para una misma persona, dependen de con qué lo comparemos. Si tenemos frío en nuestra casa, podemos salir unos minutos al exterior (suponiendo que en el exterior haga más frío que adentro) y al volver a entrar nos parecerá que nuestra casa está caliente. Es decir, con someternos a una situación de displacer, al volver a la situación anterior en comparación nos parecerá placentera.

No crean que me olvidé del duchador, todo tiene que ver con todo. Los duchadores-teléfono a los que se le rompen las mangueras, nuestra nula vocación por el bricolaje (deporte nacional del país de adopción) que nos lleva a convivir con los desperfectos del hogar hasta que las cosas se caen a cachos, y las sensaciones comparativas de placer y displacer se unieron para hacerme sentir del jet set. Fue así:

El anteúltimo duchador-teléfono tuvo una agonía tan lenta, me hizo el baño tan molesto, que cuando finalmente lo cambiamos con sólo tener uno normal y corriente, que no largue cuatro ridículos hilos de agua en forma perpendicular y aire por el centro, yo ya me sentía feliz como una pascua. El duchador que compramos fue elegido porque cumplía los dos requisitos de 1) traer en el mismo paquete los tres pindorchos necesarios para ser colocado (es decir, duchador-teléfono propiamente dicho, manguera y agarre a la pared) y 2) ser el más barato posible. Barato y todo, tiene el hiperadelanto tecnológico de poder variar la posición del duchador para que largue un chorro normal u otro más concentrado, intenso y potente (según el instructivo, tiene tres posiciones, pero es mentira, la tercera es una intermedia entre los dos que nunca funciona bien).

¡Y ahora cuando me ducho me siento Jacqueline Onassis, Carolina de Mónaco y Madonna juntas! Después de bañarme con el chorro normal me hago una repasada general con el chorro-jacuzzi ¡y soy de lo más feliz! Es tan relajante y masajeante... me da culpa cuando pienso en el medio ambiente y lo preciada que es el agua potable, pero ¡es tan maravilloso!

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